En casa de capitán Tiago reinaba menos confusión que en la imaginación de la gente. María Clara no hacía más que llorar y no escuchaba las palabras de consuelo de su tía, y de Andeng, su hermana de leche. Le había prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los sacerdotes no le absolviesen de la excomunión.
Capitán Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir dignamente al capitán general, había sido llamado al convento.
—No llores, hija,—decía tía Isabel pasando la gamuza sobre las brillantes lunas de los espejos;—ya le retirarán la excomunión, ya escribirán al Santo Papa ... haremos una grande limosna... ¡El padre Dámaso no ha tenido más que un desmayo ... no ha muerto!
—No llores,—le decía Andeng en voz baja;—ya haré yo que le hables: ¿para qué han hecho los confesonarios, si no es para pecar? ¡Todo se perdona con decirlo al cura!
¡Por fin, capitán Tiago llegó! Ellas buscaron en su cara la respuesta á muchas preguntas; pero la cara de capitán Tiago anunciaba el desaliento. El pobre hombre sudaba, se pasaba la mano por la frente y no conseguía articular una palabra.
—¿Qué hay, Santiago?—pregunta ansiosa la tía Isabel.
Este contesta con un suspiro, enjugándose una lágrima.
—¡Por Dios, habla! ¿Qué pasa?
—¡Lo que yo ya me temía!—prorrumpe al fin medio llorando.—¡Todo está perdido! ¡El padre Dámaso manda que rompa el compromiso, de lo contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo mismo, ¡hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa y... ¡le debo más de cincuenta mil pesos! He dicho esto á los padres, pero no han querido hacerme caso: ¿Qué prefieres perder, me decían, cincuenta mil pesos ó tu vida y tu alma? ¡Ay, San Antonio! ¡si lo hubiese sabido, si lo hubiese sabido!
María Clara sollozaba.