—¡No te has equivocado!—pudo al fin contestar aquél con voz alterada.—Pero tu padre jamás fué íntimo amigo mío.
Ibarra retiró lentamente la mano que había tendido, mirándole lleno de sorpresa, se volvió y se encontró con la adusta figura del teniente que le seguía observando.
—Joven, ¿es usted el hijo de don Rafael Ibarra?
El joven se inclinó.
Fray Dámaso se incorporó en su sillón y miró de hito en hito al teniente.
—¡Bienvenido á su país y que en él sea más feliz que su padre!—exclamó el militar con voz temblorosa.—Yo le he conocido y tratado, y puedo decir que era uno de los hombres más dignos y más honrados de Filipinas.
—¡Señor!—contestó Ibarra conmovido;—el elogio que usted hace de mi padre, disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro aún.
Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas, dió media vuelta y se alejó precipitadamente.
Vióse el joven solo en medio de la sala: el dueño de la casa había desaparecido, y no encontraba quién le presentase á las señoritas, muchas de las cuales le miraban con interés. Después de vacilar algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigió á ellas:
—Permítanme ustedes,—dijo,—que salte por encima de las reglas de una rigorosa etiqueta. Hace siete años que falto en mi país, y al volver á él, no puedo contener mi admiración y dejar de saludar á su más precioso adorno, á sus mujeres.