—Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado, siempre he pensado en él.
—¿Qué quiere usted decir?—preguntó el rubio.
—Quería decir que hace un año he dejado de recibir noticias de aquí, de tal manera, que me encuentro como un extraño, que ni aun sabe cuándo ni cómo murió su padre.
—¡Ah!—exclamó el teniente.
—Y ¿dónde estaba usted que no ha telegrafiado?—preguntó doña Victorina.—Cuando nos casamos, telegrafiamos á la Peñínsula[2].
—Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en Alemania y en la Polonia rusa.
El doctor de Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido á hablar, creyó conveniente decir algo.
—Co... conocí en España á un polaco de Va... Varsovia, llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto usted por ventura?—preguntó tímidamente, y casi ruborizándose.
—Es muy posible,—contestó con amabilidad Ibarra;—pero en este momento no lo recuerdo.
—¡Pues, no se le podía co... confundir con otro!—añadió el doctor que cobró ánimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el español.