Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el país de lo inestable, una mano se posó suavemente sobre su hombro: levantó la cara y se encontró con el viejo teniente que le contemplaba casi sonriendo: el militar no tenía ya aquella expresión dura ni aquellas cejas fruncidas que tanto le caracterizaban.

—¡Joven, tenga usted cuidado! ¡Aprenda usted de su padre!—le dijo.

—Usted perdone, pero me parece que ha querido usted mucho á mi padre. ¿Podría usted decirme cuál ha sido su suerte?—preguntó Ibarra mirándole.

—Qué, ¿no la sabe usted?—preguntó el militar.

—Se lo he preguntado á don Santiago, pero no me prometió referirlo sino hasta mañana. ¿Lo sabe usted por ventura?

—¡Ya lo creo, como todo el mundo! Murió en la cárcel.

El joven retrocedió un paso y miró al teniente de hito en hito.

—¿En la cárcel? ¿quién murió en la cárcel?—preguntó.

—¡Hombre, su padre de usted, que estaba preso!—contestó el militar algo sorprendido.

—¿Mi padre ... en la cárcel ... preso en la cárcel? ¿Qué dice usted? ¿Sabe usted quién era mi padre? ¿Está usted?...—preguntó el joven cogiéndole del brazo al militar.