El viejo se calló; Ibarra no dijo una sola palabra. Entre tanto habían llegado á la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendiéndole la mano, le dijo:
—Joven, los pormenores pídaselos usted á capitán Tiago. Ahora, ¡buenas noches! es menester que vea si ocurre algo nuevo.
Ibarra estrechó con efusión, en silencio, aquella mano descarnada, y en silencio le siguió con los ojos hasta que desapareció.
Volvióse lentamente y vió un coche que pasaba; hizo una seña al cochero.
—¡Fonda de Lala!—dijo con acento apenas inteligible.
—Este debe venir del calabozo,—pensó el cochero dando un latigazo á sus caballos.
[1] Binondo, arrabal de Manila. [↑]