—¿Qué te pasa?
—¡Vámonos, vámonos de aquí!—repitió castañeteándole los dientes de miedo.
—¿Qué has visto?
—¡Un fantasma!—murmuró todo tembloroso.
—¡Un fantasma?
—¡Sobre el tejado... debe ser la monja que recoge brasas durante la noche!
El distinguido sacó la cabeza y quiso ver.
Brilló otro relámpago y una vena de fuego surcó el cielo, dejándose oir un horrible estallido.
—¡Jesús!—exclamó persignándose también.
En efecto, á la brillante luz del meteoro había visto una figura blanca, de pie, casi sobre el caballete del tejado, dirigidos al cielo los brazos y la cara, como implorándole. ¡El cielo respondía con rayos y truenos!