El representante de la autoridad no la acogió: parlamentó con la abadesa y la abandonó á pesar de sus ruegos y lágrimas. La joven monja vió cerrarse la puerta detrás del hombre, como el condenado vería cerrarse para él las puertas del cielo, si alguna vez el cielo llegaba á ser tan cruel é insensible como los hombres. La abadesa decía que era una loca.

El hombre no sabría tal vez que en Manila hay un hospicio para dementes, ó acaso juzgaría que el convento de monjas era sólo un asilo de locas, aunque se pretende que aquel hombre era bastante ignorante, sobre todo para poder decidir cuándo una persona está en su juicio ó no.

Cuéntase también que el general señor J.[4]—pensó de otra manera, y que cuando el hecho llegó á sus oídos, quiso proteger á la loca y la pidió.

Pero esta vez no apareció ninguna hermosa y desamparada joven, y la abadesa no permitió que se visitase el claustro, invocando para ello el nombre de la religión y los Santos Estatutos.

Del hecho no se volvió á hablar más, como tampoco de la infeliz María Clara.

FIN


[1] Fumadero público de opio. [↑]

[2] 2 de Enero 1833 (N. de la edic. de Berlín). [↑]

[3] ¡Oh! ¡Oh! ¡Jesús, María, José! [↑]