—¡A la otra ribera está Europa!—pensaba el joven. ¡Europa con sus hermosas naciones agitándose continuamente, buscando la felicidad, soñando todas las mañanas y desengañándose al ocultar el sol ... feliz en medio de sus catástrofes! ¡Sí, á la otra orilla del infinito mar están las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la materia, más espirituales aún que las que se precian de adorar el espíritu!...

Pero estos pensamientos huyen de su imaginación á la vista de la pequeña colina en el campo de Bagumbayan[4]. El montecillo, aislado, al lado del paseo de la Luneta, llamaba ahora su atención y le ponía meditabundo.

Pensaba en el hombre que le había abierto los ojos de su inteligencia, hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le había infundido eran pocas, sí, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones que no palidecieron á la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le había dicho al despedirse de él, resonaban aún en sus oídos. «No olvides que si el saber es patrimonio de la humanidad, sólo lo heredan los que tienen corazón», le había recordado. «He procurado transmitirte lo que de mis maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo que he podido y lo transmito á la generación que viene: tú harás lo mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas á muy ricos países.» Y añadía sonriendo: «Ellos vienen buscando oro, id también vosotros á su país á buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda, sin embargo, que no es oro todo lo que reluce.» Aquel hombre había muerto allí.

A estos recuerdos contestaba él profiriendo en voz baja:

—¡No, á pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija de España, primero la patria española! ¡No, eso que es fatalidad no empaña á la patria, no!

No llama su atención la Ermita, fénix de nipa, que se levanta de sus cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el cuartel de caballería con sus árboles enfrente, ni los habitantes, ni las casitas de nipa de techo más ó menos piramidal ó prismático, ocultas entre plátanos y bongas, construídas como los nidos, por cada padre de familia.

El coche seguía rodando: se encontraba con una carromata tirada por uno ó dos caballos, cuyos arneses de abaká[5] delataban su origen provinciano. El carromatero procuraba ver al viajero del brillante coche y pasaba sin cambiar palabra, sin un solo saludo. A veces un carretón, tirado por un carabao de paso lento é indiferente, animaba las anchas y polvorosas calzadas, bañadas por el brillante sol de los trópicos. Al melancólico y monótono canto del guía, montado sobre el búfalo, acompaña el estridente rechinar de la seca rueda con el descomunal eje del pesado vehículo; á veces es el sonido sordo de los gastados patines ó plantas de un paragos, ese trineo de Filipinas, que se arrastra penosamente sobre el polvo ó los charcos del camino. En los campos, en las tendidas eras pasta el ganado, mezclado con las blancas garzas, tranquilamente posadas sobre el lomo del buey, que rumía y saborea medio cerrando los ojos la hierba de la pradera; á lo lejos yeguadas triscan, saltan y corren, perseguidas por un potro de genio vivo, cola larga y abundantes crines: el potro relincha, y salta la tierra á los golpes de sus poderosos cascos.

Dejemos al joven viajar meditando ó dormitando: la poesía melancólica ó animada del campo no llama su atención; aquel sol que hace relucir las copas de los árboles y correr á los campesinos, cuyos pies quema el candente suelo á pesar de su calzado de callos, aquel sol que detiene á la aldeana bajo la sombra de un almendro ó cañaveral y le hace pensar en cosas vagas é inexplicables, aquel sol no tiene encantos para nuestro joven.

Volvamos á Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caña, sube elevada cuesta ó baja rápida pendiente.