Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente, le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz apenas inteligible.

—¿Qué has hecho de mi padre?—preguntó.

Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como paralizado.

—¿Qué has hecho de mi padre?—le volvió á preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía, hizo un esfuerzo y contestó:

—¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!

—¿Que no?—continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de rodillas.

—¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...

—¡Ah!—exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.