El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera: ahora sonríe mirando las obscuras nubes.

Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón de borlas, insignia de la autoridad.

—¿Parece que estáis alegre?—preguntóle éste en tagalo.

—En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.

—¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?

—¡La tempestad!

—¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?—preguntó el gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.

—Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una basura,—contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo, mirando en la cara á su interlocutor;—pero espero otra cosa mejor.

—¿Qué, pues?

—¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!—contestó seriamente el filósofo.