Atenta á todo rumor la encontramos escuchando las más ligeras pisadas; fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispín, pensaba ella.

El kalao[7] cantó en el bosque dos ó tres veces ya, desde que la lluvia había cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todavía.

Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se acercó al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de distraerse se puso á cantar en voz baja. Ella tenía una hermosa voz, y cuando sus hijos la oían cantar kundiman[8] lloraban sin saber por qué. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salían perezosas.

Suspendió su canto y hundió la mirada en la obscuridad. Nadie venía del pueblo, á no ser el viento que hacía caer el agua de las anchas hojas de los plátanos.

De repente vió un perro negro aparecer delante de ella; el animal rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogió una piedra y se la arrojó. El perro echó á correr aullando lúgubremente.

Sisa no era supersticiosa, pero tanto había oído hablar sobre presentimientos y perros negros que el terror se apoderó de ella. Cerró precipitadamente la puerta, y se sentó al lado de la luz. La noche favorece las creencias, y la imaginación puebla el aire de espectros.

Trató de rezar, de invocar á la Virgen, á Dios para que cuidasen de sus hijos, sobre todo, de su pequeño Crispín. Y distraídamente olvidó el rezo para no pensar más que en ellos, recordando las facciones de cada uno, aquellas facciones que le sonríen continuamente, ya en sueños, ya en vigilias. Mas de repente sintió erizarse sus cabellos, sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusión ó realidad, ella veía á Crispín de pie al lado del hogar, allí donde solía sentarse para charlar con ella. Ahora no decía nada; la miraba con aquellos grandes ojos pensativos, y sonreía.

—¡Madre, abrid! ¡abrid, madre!—decía la voz de Basilio desde fuera.

Sisa se estremeció vivamente y la visión desapareció.