[XII]
ENTRETELONES POLICIALES
Una mañana en que había llegado a la comisaría, y me disponía a salir con el tercio[71] en que formaba, para ir a hacer mi monótono servicio de bocacalle, allí frente al almacén de doña Petrona, en la esquina de Luján 25 y Defensa—donde puede decirse que no tenía más misión que proteger los intereses de los comerciantes ambulantes contra las travesuras de los estudiantes de medicina y de derecho que, avecindados en aquel barrio, lo constituían casi en una mitad—oí que el oficial escribiente gritaba en medio del patio desmantelado, donde los ebrios recogidos en la noche anterior comenzaban a desperezarse, acostados en los rincones, teniendo por almohada las baldosas:
¡Agente Carrizo!..., ¡vaya al despacho del comisario!
¡Es preciso haber sido vigilante para conocer todo el efecto que puede tener frase semejante! ¡El comisario!
¡Qué lejos se ve su figura, y qué grande, desde el modesto punto de mira que tienen los agentes!
Allí, en aquella mano, están todas las recompensas y están todos los castigos; ella tiene la suerte de cada uno, casi como la de Dios; ella puede dar y puede quitar; puede condenar a una eternidad de padecimientos lentos, y puede llevarlo a uno hasta la cumbre en un instante: es la omnipotencia.
Ser llamado por el comisario a su despacho es algo que un agente lo recordará toda su vida: podrá olvidar a la madre, a los hijos, a la mujer, pero jamás olvidará el día y hora en que compareció ante la vista del dispensador de todos los bienes o del causante de todas las desgracias.
Aquel minuto que uno tarda en atravesar el patio, equivale a una hora de emociones.
¿Será la suerte que se acerca a mí?