Sus golpes los reciben ya estudiados por el campana, que percibirá su buena parte, sin riesgo.
Éste es el que moldea las llaves que el escruchante fabricará en los ratos de ocio, en su tugurio, donde tiene su pequeño taller ad hoc[83]; el que estudia las costumbres del habitante de la casa que va a robarse; el que levanta el plano de sus entradas, salidas, caminos fáciles para escapar, parada del vigilante, hora en que hace la ronda y demás datos útiles.
¡En posesión de todos estos elementos, es que el escruchante tienta su empresa y va dispuesto a todo!
Si se ha moldeado bien la llave, ésta ha sido seguramente bien hecha y funcionará a maravilla, simplificándose mucho el trabajo.
Si no anda bien, es necesario abandonar la empresa hasta que los defectos se hayan corregido o recurrir a la violencia, que dobla las probabilidades del fracaso, y sobre todo la condena.
Entonces es cuando se recurre a cortar el tablero de la parte inferior de la puerta, formado por lo general de madera blanda, en la cual una cuchilla afilada entra como en queso y abre un buen postigo.
Si el dueño de casa es precavido, y usa sus puertas enchapadas de hierro en la parte vulnerable, se da un corte en el umbral con el formón frente a los pasadores y se levantan éstos; luego se introduce la pata de cabra—instrumento de acero, formado en zigzag—frente a la cerradura, y se la hace saltar sin ruido, con un leve movimiento lateral.
La puerta ya presenta facilidad para enlazar con una faja el pasador de arriba y correrlo.
Puede ser que la precaución del propietario haya llegado hasta poner una barra, y entonces hay que tratar de sacarla.
La extremidad libre de la faja con que se enlazó el pasador se pasa por debajo de la barra y se tira para arriba.