—¿Dinero?..., ¿cuánto me dará?
—¡Doscientos pesos!
—Bueno... ¿dónde está la casa?
—Aquí cerca... calle Paraná número setenta.
Y el cura Cañete, próximo a tener un suplemento de doscientos pesos, entró contoneándose al número 70 de la calle de Paraná, acompañado de aquel cuya oratoria había vencido su voluntad.
El número 70 era un cuartujo de mala muerte. El cura, al penetrar, no encontró sino un miserable catre en un rincón y en él, agonizante, un hombre ya de edad.
Alumbraba la escena una luz mortecina, emanada de una vela colocada en el cuello de una botella.
El moribundo, al entrar el sacerdote, levantó la cabeza toda reatada[89] y la dejó caer pesadamente sobre la bolsa que le servía de almohada.
—¡No se mueva, hermano!...—dijo Cañete con voz que quiso hacer tierna, y acercando a la cama del enfermo la única silla que había en el cuarto, se sentó.
Su acompañante se paseaba cabizbajo a lo largo del muro más lejano del grupo.