Dos minutos después, el cura atravesaba el atrio con la sotana levantada y llevando una bolsita en la mano.
Corrió hasta el número 70, y llamó: no obtuvo respuesta.
Siguió llamando apresurado, y al fin, a los golpes, vino el almacenero de la esquina, quien al encontrarse con el cura se sorprendió, y más al oírle decir:
—¿Dónde está el enfermo?
—¿Qué enfermo?
—El que vivía en este cuarto.
—¡Si este cuarto no está habitado todavía!... ¡Hoy me lo alquilaron unos mozos, pero aun no han traído sino un catre!...
El cura no oyó más, y salió en dirección a la comisaría a dar cuenta de que lo habían robado.
Se abrió la puerta y en el cuarto no se encontró sino un catre y un cabo de vela.
Enfermo y enfermero se habían hecho humo.