—Pero los tengo yo... y es lo mismo, dijo Robillotti, que, habiendo sido carbonero, conocía el precio de la leña, y como buen genovés, calculó en un segundo que la fortuna llamaba a su puerta.
—¿Cuántos son los árboles?
—Amigo Robillotti, va a ser un sacrificio...
—¡Bueno!... no hablemos más de eso. ¿Cuántos son los árboles?
—No lo sé.
—Mañana los contaremos... ¡ofrezca no más la garantía!
Y Robillotti andaba ya por largar la mosca[91], cuando para felicidad de su bolsillo, lo encontró el agente policial.
Silvita halló cierta toda la relación del que hubo de ser su suegro y se contentó con decirle cínicamente:
—¡Qué mi suegro este!... ¡Hubiese querido verle la cara cuando los chafes (vigilantes) lo hubieran agarrado cortando sauces!
Robillotti no paró hasta su casa.