—¡Qué bárbaro!—dice el almacenero, escandalizado, pero brillándole los ojos.
—Voy a buscar otro más humano, ¿no le parece?
—¡Claro!
—¡Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto más!
—¡Es natural!... ¡Vea, si no se ofende..., ocúpeme con confianza!... ¿Qué diablos, para qué son los amigos?
Y cierran el trato.
A los dos días se presenta el cliente con un amigo que va a comprar la prenda en setecientos pesos y quiere verla.
El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y se retiran los amigos, después de un consumo moderado del "Oportito" famoso, o del "Coñaquito, capaz de despertar a un muerto".
Y el cliente no vuelve a aparecer más por el almacén.
El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios, llamándolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando con dolor, recién, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sino también su nombre y apellido.