—No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me pedíais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. ¿Quereis burlaros de mí?
—Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra union. ¿Un caballero del hábito de Santiago querrá unir su hija a un soldado que no tiene mas que su espada?
—¿Vos lo dudais? ¿Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un nombre? ¿Con ella no triunfásteis en los llanos de Puren, i arrancásteis del poder de los infieles nuestra bandera? ¿Quién no se honra hoi dia con vuestra amistad?
—No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.
—Se lo propondrá el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector, es mi amigo i no vacilará en prestarnos este servicio.
—Don Miguel os ama, Ines, i no podrá hacernos el sacrificio de su amor.
—Si tal fuese cierto, confiémonos entónces de mi hermano don Basilio de Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.
—¡Ah! ¡desgraciado de mí! vuestro hermano, Ines, ¡vuestro hermano es un traidor!... ¡Decidme adónde se halla, decídmelo, por Dios!...
—¡Por qué os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo vuestro, no os ha hecho ofensa.