Cuando él estuvo en el patio, ella volvió i se encontró de sorpresa con Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.

Ambos se encontraron. El puñal cayó i Mercedes estalló en sollozos i convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...

Alejo la colocó en el sillon i le suministró los recursos que tuvo a mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar espansion a sus suspiros i lágrimas, él la cubrió de caricias.

Los últimos lampos del crepúsculo de la tarde alumbraban aquella escena.

Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas, para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ¡ai! profundo, se levantó bruscamente esclamando:

—¡No! ¡No! Por Dios, Alejo, no: él estaba así cuando ese monstruo lo asesinó a mis piés...

—¿Quién? gritó Alejo, levantándose, i volviendo a sentar a Mercedes.

Esta se incorporó, tomó aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo, continuó:

—Sí. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el único que puede absolverme.

—Habla, alma mia. Tú no puedes tener secretos para tu hermano. Confia en mí, le dijo Alejo acariciándola.