Marchaba así por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al frente por un hombre.

—¿Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.

—¿Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.

—¡Cuidado! esclamó el español.

—¿Amenazas? dice Alejo. ¿Tú, infame asesino, amenazarme a mí? Te he de arrastrar de la lengua al patíbulo, ¡canalla! ¡Cuidado que me molestes, i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!

El español habia saltado hácia atras. Estaba inmóvil, estático.

¡Paso! esclama Alejo apartándole con violencia. ¡Que no te vea yo otra vez, porque irás a pagar en el banquillo tu crímen!

Alejo prosiguió de prisa. El español quedó allí como un poste.

XVIII.