Anjelina le contestó con un desden i se confundió entre la multitud de damas i militares que formaban la tertulia.
Alonso permaneció en silencio i pensativo.
Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jóven Rojas: sus miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco mas permaneció en la mesa, i se levantó a buscar el lado de Anjelina, dejando su lugar al alferez, quien siguió jugando de la misma manera, sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos amantes.
Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagando el bullicio i venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeñosa.
Al fin álguien repara que una mujer tapada se asomaba solícita a las ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una vision, éste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i principian las burlas i las bromas.
Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:
—Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de Rojas; una pobre mujer a quien engaña ese pérfido i cuyos hijos abandona por Anjelina.
Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero, incorporándose, rompe el silencio:
—Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.
—¡Juro en verdad, señores, es su querida!..