Pasó y con complacencia la Sultana,

Dejándola aromada con su mano:

Y con caricia tal, propia de un niño,

Trajo á sus pies sobre el cojín liviano

Trémulo de placer al Africano.

Zoraya entonces, su gentil cabeza

En el hombro del Moro reclinando,

Y el fuerte talismán de su belleza

Contra el alma del Árabe empleando,

Así le empezó á hablar, el suave aliento