He aquí la manera con que explica la Fantasía dedicada á D. Bartolomé Muriel en las primeras páginas del libro:

«Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son á mi corazón las memorias de la suya.»

Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla lo siguiente:

«Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la Alhambra.

Á los literatos que, á pesar de lo expuesto, me supongan más ambiciosos intentos ó más vanaglorioso amor propio, dispuestos á no ver de mi obra más que los defectos, hijos naturales de una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad; y á los sabios críticos que quieran aprovechar la ocasión de lucir sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy sintiendo corrérseme en el papel por los puntos de la pluma, el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su juicio sobre mi Poema, si lo leen; que sí lo leerán, pues yo procuraré dárselo despacito para que lo rumien y digieran.

Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro Romero, el diestro de mejor trapo y más certero pulso que pisó jamás arena del redondel. Llegado el caso de estoquear un toro de mal trapío y torcida intención que, empeorado con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenzó Romero á trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrándole la muleta para encariñarle á ella y traerle después sin riesgo á una estocada por los altos y á una muerte de buena ley. Un chusco sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderías, apadrinador de la gente de cuadrilla, acompañador de los encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba lucir el potro cartujo, la manta jerezana, la espuela vaquera y el castoreño apresillado, y gran partidario, en fin, de Costillares, hallando sin duda largo el juego de Romero, cuyo riesgo no comprendía, y pareciéndole la ocasión oportuna para zumbarle en presencia de su rival, empezó á decirle con no poco esforzadas voces y dejo no menos provocador:—«¡Bueno, señor incomparable, bueno: que va á llevar ese toro más pasos que las procesiones del Viernes Santo! De matar se trata, que no de pasear esa oveja mansa. ¡Que no se diga que por tanto paso se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! ¡Vamos, un puntazo por lo que sea!.... y que no haya que dar á esa espada una compañera sacada de las costillas, como nuestra madre Eva.» La alusión á Costillares produjo el efecto que el chusco deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada á la fiera y á los espectadores suspensos, llegóse bajo el palco del zumbador mancebo, la muleta recogida en la zurda y el estoque suspendido en el dedo corazón, y díjole con aquella sorna peculiar de la gente de plaza:—«Su mercé parece, por sus razones, profesor del arte, y se ve á la legua lo acostumbrado que está á dar lecciones como maestro: conque no le deje por poco, y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo estoy pronto á escucharle. Baje, pues, su mercé y hágame su explicación á la cabeza de la res.»

Y decía bien Pedro Romero: las lecciones de torear se dan á la cabeza del toro.»

París, 15 Abril 1852.

José Zorrilla.

FIN DEL TOMO PRIMERO