Callada y melancólica contempla,
Sin ver en la extensión de la campiña
Más que de Loja la torcida senda.
«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;
¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»
Y á sus palabras contestó un gemido
Hondo, angustioso: de Moraima era.
Tornó los ojos la Sultana madre
Hacia la esposa pálida, y al verla
Con la vista y la faz desencajadas,