No rehusó jamás fatiga ni oro.

Cada memoria suya es una hazaña:

Del cristiano fué prez, terror del Moro:

Dios, en fin, á su aliento soberano

Abrió no más el mundo americano.

Dios á su corazón dió una fe ardiente

Con una voluntad dominadora,

Para que en uno y otro continente

Derramara su luz consoladora;

Y la adoró la americana gente,