El público y el huracan entraron en el teatro: mis amigos ahullaban de placer de haber sido vencidos; Aranda y Cárlos Latorre habian convertido en éxito colosal el atrevido desatino de un muchacho, y la empresa habia parado con él á la fortuna en el despacho de billetes de su arrinconado teatro. Cuando Lumbreras anunció ¡el farol! y se apercibió éste del tamaño de una nuez sobre la mirmidónica tienda de Duglesquin, ya nadie escuchó la salida del rey. Cárlos, rendido y anheloso, volvió á la escena con Teodora, Noren y Lumbreras á recibir los aplausos del público, á cuyos gritos de «¡el autor!» volvió á presentarse Felipe Reyes y á decir medio espantado: que yo tenia más miedo al cuarto acto que al tercero.

El por entónces teniente coronel Juan Prim, que no me conocia más que por haberme encontrado várias veces en el tiro de pistola, y que se habia apercibido del elemento hostil que yo tenia en la sala, aplaudia de pié en su luneta, dispuesto á sostenerme á todo trance, comprendiendo todo el riesgo de mi negativa.

Cárlos me envió á decir que «no estirase tanto la cuerda que la rompiese.» Yo habia ensayado mi obra á conciencia: sabia cómo iban á hacer la escena de la tienda Cárlos y Mate, y fiaba además en la presencia del embajador francés en la de D. Pedro con Beltran de Claquin. Esperé, pues, el acto cuarto sin moverme del fondo de mi proscenio, y mi cálculo no salió fallido.

La tienda del acto cuarto estaba tan bien preparada por Aranda como la torre de Montiel: Cárlos dijo sus redondillas á los franceses con un brío tan despechado, hizo una transicion tan maestra como inesperada en la que empieza , si vosotros, señores, é hicieron por fin la suya él y Mate con tal verdad, que sólo pudo serlo más la realidad de la de Montiel.

Al cerrarse la tienda sobre la lucha de los dos hermanos, el público quedó en el mas profundo silencio; pero la salida de Mate pálido, sin casco, desgreñado y saltadas las hebillas de la armadura, arrancó un aplauso igual al de la presentacion del rey D. Pedro en el acto segundo. Mate, casi tan alto como Cárlos, pero flaco y herido de la tísis de que murió, se presentó trémulo del cansancio y del miedo de la lucha, recordando la siniestra fantasma aparecida en el torreon, y dió á su papel una poesía y unos tamaños que no habia sabido darle el autor. Cuando él concluia su parlamento, cubria yo con mi capa y su manto á Cárlos Latorre; que, tendido en la tienda, esperaba jadeante de cansancio y de emocion á que el infante mostrase á Blas Perez su cadáver. Cuando nos presentamos todos al público, me tenia de la mano como con unas tenazas: y cuando caido el telon por última vez, me cogió en brazos para besarme, creí que me deshacía al decirme las únicas y curiosas palabras con que acertó á expresarme su pensamiento, que fueron: «¡diablo de chiquitin!» y me dejó en tierra.

Así se ensayó y se puso en escena la segunda parte de El Zapatero y el Rey, el año 41 ó 42, no lo recuerdo con exactitud: tal era la fraternidad que entónces reinaba entre autores y actores; tal era el cariño y entusiasmo del público por los de entónces, y tan poco consistentes sus ojerizas y enemistades, que el menor éxito las vencia, y el soplo vital de la lealtad las disipaba.

Un pormenor digno de no ser olvidado. Llevaba ya El Zapatero y el Rey treinta y tantas representaciones que habian producido sobre veinte mil duros, estaban ya pagados hasta los espabiladores, y aun no le habia ocurrido á la empresa que me debia seis meses de sueldo y el precio del drama con que se habia salvado. Siempre en España ha sido considerado el trabajo del ingenio como la hacienda del perdido y la túnica de Cristo, de las cuales todo el mundo tiene derecho á hacer tiras y capirotes.

Hasta que el viejo juez Valdeosera se presentó una noche á intervenir la entrada, no cayeron en la cuenta Salas y Lombía de que no podíamos los poetas vivir del aire, y se apresuraron á darme paga cumplida con intereses y sincera satisfaccion, y era que realmente, con la más cándida impremeditacion, se habian olvidado recogiendo los huevos de oro del que les habia traido la gallina que los ponia.