«para uno de los dos guarda esa copa,

de la callada eternidad la llave!»

quedó Bárbara inmóvil, trémula, inconsciente de lo que habia hecho, ajena y sin corresponder con la más mínima inclinacion de cabeza á los aplausos frenéticos, que tuvo que interrumpir Cárlos Latorre presentándose á continuar la representacion, sacando á Bárbara de su absorcion con el «¡Madre mia!» de su salida.

Así hacian Cárlos y Bárbara Sancho García. Aún vive: pregúntenselo mis lectores á Bárbara, y que diga ella cuántos malos ratos la dí con el ensayo y cuántas noches insomnes la hice pasar con el estudio de mis papeles; cuántas lágrimas la hice derramar y cuántas veces la hice detestar su suerte de actriz; pero que diga tambien si tuvo nunca amigo más leal ni aplausos y ovaciones como las de mi Sancho García. Hoy siento orgullo con tal recuerdo, y me congratulo de poderla dar este testimonio de mi gratitud treinta y ocho años despues de aquella representacion.

Lombía, por su parte, lo inventó y lo intentó todo en aquellos cuatro años para sostener nuestro teatro de la Cruz enfrente del afortunado del Príncipe. A su iniciativa se debió que Basili, Salas, Ojeda y Azcona echaran los fundamentos de la Zarzuela con la escena de La pendencia y El sacristan de San Lorenzo, y otras parodias de Norma, Lucía y Lucrecia, en las cuales despuntó Caltañazor, y concluyó por presentar La lámpara maravillosa, baile maravillosamente decorado por Aranda y Avrial, ejecutado por la familia Bartholomin, cuya primera pareja, Bartholomin-Montplaisir, fué reforzada con un cuerpo de baile de andaluzas y aragonesas; de cuyos cuerpos se han perdido los moldes, y de cuyas modeladuras no quiero acordarme, por no quitar tres meses de sueño á los que no las vieron con aquellos vestidos, que no eran más que un pretesto para salir en cueros.

En el verano del 40 ó del 41, ántes de que estas huríes hicieran un infierno del teatro de la Cruz, reclamó Lombía de mí una comedia de espectáculo, en ausencia de Cárlos Latorre, que veraneaba por las provincias. Los actores sérios y jóvenes se habian ido con Cárlos, y el trabajo cómico de Lombía, no acomodándose con el mio patibulario, no sabia yo cómo salir de aquel compromiso ineludible, segun mi contrato con la empresa. Apurábame Lombía, y devanábame yo los sesos trás del argumento por él pedido, sin que él aflojara un punto en su demanda y sin que yo me atreviera á decirle que no éramos el uno para el otro. Acosábale á él tal vez la secreta comezon de abordar el drama en ausencia de Cárlos, y pesábame á mí tener que escribir para otro que no fuera aquel único modelo del galan clásico del drama romántico; costaba mucho á mi lealtad lo que tal vez podia parecer una traicion á Cárlos Latorre, y ¡Dios me perdone mi mal juicio! pero tengo para mí que Lombía tenia la mala intencion de hacérmela cometer. Impacientábase Lombía y desesperábame yo de no dar con un asunto á propósito, lo que ya le parecia, vista mi anterior fecundidad, no querer escribir para él, cuando una tarde, obligado á trabajar un caballo que yo tenia entablado hacia ya muchos dias, salia yo en él por la calle del Baño para bajar al Prado por la Carrera de San Jerónimo. Era el caballo regalo de un mi pariente, Protasio Zorrilla, y andaluz, de la ganadería de Mazpule, negro, de grande alzada, muy ancho de encuentros, muy engallado y rico de cabos, y llevábale yo con mucho cuidado, miéntras por el empedrado marchaba, por temor de que se me alborotase. Cabeceaba y braceaba el animal contentísimo de respirar el aire libre, cuando, al doblar la esquina, oí exclamar á uno de tres chulos que se pararon á contemplar mi cabalgadura: «Pues miá tú que es idea dejar á un animal tan hermoso andar sin ginete.»

La verdad era que siendo yo tan pequeño, no pasaban mis piés del vientre del caballo; y visto de frente, no se veia mi persona detrás de su engallada cabeza y de sus ondosas y abundantes crines. Por mas que fuera poco halagüeña para mi amor propio la chusca observacion de aquellos manolos, el de montar tan hermosa bestia me hizo dar en la vanidad de lucirla sobre la escena, y ocurrírseme la idea de escribir para ello mi comedia El caballo del rey D. Sancho. Rumié el asunto durante mi paseo, registré la historia del Padre Mariana de vuelta á mi casa, y fuíme á las nueve á proponer á Lombía el argumento de mi comedia, advirtiéndole que debia de concluir en un torneo, en cuyo palenque debia él de presentarse armado de punta en blanco, ginete sobre mi andaluz caparazonado y enfrontalado.

Aceptó la idea de la comedia, plúgole la del torneo final y halagóle la de ser en él ginete y vencedor. Puse manos á mi obra aquella misma noche, y díla completa en veinte y dos dias. El señor duque de Osuna, hermano y antecesor del actual, á quien me presentó y cuya benevolencia me ganó el conde de las Navas, puso á mi disposicion su armería, de la cual tomé cuantos arneses y armas necesité para el torneo de mi drama, cuya última decoracion del palenque trás de la tienda real montó Aranda con un lujo y una novedad inusitadas.

Pasóse de papeles mi drama; ensayóse cuidadosamente y conforme á un guion, que los directores de escena hacen hoy muy mal en no hacer, y llegó el momento de enseñar su papel á mi caballo. Metíle yo mismo una mañana por la puerta de la plaza del Angel, desde la cual subian los carros de decoraciones y trastos por una suave y sólida rampa hasta el escenario: subió tranquilo el animal por aquella, pero al pisar aquél, comenzó á encapotarse y á bufar receloso, y al dar luz á la batería del proscenio, no hubo modo de sujetarle y ménos de encubertarle con el caparazon de acero. Lombía anunció que ni el Sursum-Corda le haria montar jamás tan rebelde bestia, y estábamos á punto de desistir de la representacion, cuando el buen doctor Avilés nos ofreció un caballo isabelino, de tan soberbia estampa como extraordinaria docilidad, que aguantó la armadura de guerra, la batería de luces y en sus lomos á Lombía, que no era, sea dicho en paz, un muy gallardo ginete.