Yo.—El Sr. Hartzenbusch sabe el respeto en que le tengo, y todos Vds. saben que sigo sus consejos y acepto sus correcciones como de mi superior y maestro. He buscado al Sr. Hartzenbusch en dos situaciones difíciles de mi vida; sabe todos los secretos de mi casa, es en ella como mi hermano mayor, y lo que él me diga que haga, eso haré yo, como mejor hacerlo sepa.
Lombía.—Se conoce que ha estudiado V. con los jesuitas: sus palabras de V. son tan suaves como escurridizas. Si no quiere V. no hablemos más.
Yo.—Mi última proposicion. Traiga V. aquí el 16 por la noche un ejemplar de la historia del P. Mariana; le abriremos por tres partes, desde la época de los godos hasta la de Felipe IV: leeremos tres hojas de cada corte en sus hojas hecho; y si en las nueve que leamos tropezamos con algo que nos dé luz para un asunto dramático, lo amasaremos entre todos, yo lo escribiré como Dios me dé á entender, y el jesuita Mariana abonará la fé del discípulo de los jesuitas del Seminario de Nobles.
Lombía.—Propuesta aceptada.
Yo.—Pues hasta el 16 á las siete.
En tal dia y en tal hora, concluido mi trabajo, volví á presentarme en el teatro de la Cruz, donde Hartzenbusch, Rubí y algunos otros de quienes no me acuerdo, me esperaban con Lombía, que tenia sobre la mesa una Historia de España. Metimos tres tarjetas por tres páginas distintas, y en el primer corte tropezamos, en el capítulo XXIII del libro sétimo, estas palabras sobre el fin de la batalla de Guadalete y muerte del rey D. Rodrigo: «Verdad es que, como doscientos años adelante, en cierto templo de Portugal, en la ciudad de Viseo, se halló una piedra con un letrero en latin, que vuelto en romance dice:
AQUI REPOSA RODRIGO, ULTIMO REY DE LOS GODOS.
Por donde se entiende que, salido de la batalla, huyó á las partes de Portugal.»
Al llegar aquí, dije yo: «Basta: un embrion de drama se presenta á mi imaginacion. ¿Con qué actores y con qué actrices cuento? Necesito á Cárlos, á Bárbara y á lo ménos dos actores más.» Y miéntras esto decia, me rodaban por el cerebro las imágenes de Pelayo, don Rodrigo, Florinda y el conde D. Julian.—Lombía dijo: «Imposible disponer de Bárbara.»—«Pues Teodora, repuse yo.»—«Tampoco; la cuesta mucho estudiar, replicó Lombía.»—«Pues Juanita Perez, ni la Boldun, no me sirven para mi idea, repuse.»—«Pues compóngase usted como pueda, exclamó por fin Lombía: tiene V. á Cárlos, á Pizarroso y á Lumbreras: los tres de V. Van á levantar el telon y no quiero faltar á mi salida. ¿En qué quedamos? ¿Es V. hombre de sostener su palabra?»
Picóme el amor propio el tonillo provocativo de Lombía, y sin reflexionar, tomé mi sombrero y dije saliendo tras él de su cuarto: «Mañana á estas horas quedan Vds. citados para leer aquí un drama en un acto.—Buenas noches.