vendrá de crímen y vergüenza lleno

con tu mismo puñal á hender tu seno,

maldito si sabia yo aún en lo que habia de parar todo aquello, que no era todavía más que la exposicion. Hasta que brotó del diálogo aquel bienaventurado puñal, mi mal perjeñado trabajo no tenia ni accion, ni final, ni título: desde allí el drama lo es, y caminé desde allí resueltamente á la escena VI, que es lo único que en él tiene un valor real y un interés verdadero.

Cuando nos reunimos por primera vez en el gabinete octógono de su casa de la plaza de Santa Ana Cárlos y yo, para tratar del reparto y ensayo de mi drameja, me dijo Cárlos: «La espontaneidad con que ha escrito usted esto, la exuberancia de versificacion en sus escenas acumulada, hacen difícil su representacion. Yo no quiero que corrija V. ni suprima una sola palabra; quitaria V. á su obra su originalidad; quiero hacerla tal como está; pero quiero que mis actores, conmigo, aseguren el éxito de su estreno con el mismo lujo de pormenores de que V. la ha colmado, y con tanto exceso de estudio para representarla cuanto á V. le ha faltado para escribirla. Escúcheme V., y vamos á ver si yo he comprendido bien su pensamiento.»

Latorre y yo teníamos siempre esta conferencia preliminar, en la cual exponíamos mútuamente nuestra manera de ver la accion de la obra que íbamos á poner en escena: yo le decia cómo la habia yo concebido, y él me decia cómo pensaba desarrollarla. Siguió, pues, Cárlos diciéndome: «D. Rodrigo es en El puñal del godo un rey acosado por dos grandes pasiones: la supersticion del godo de su edad tosca, y la profunda melancolía que en su corazon ha engendrado el vencimiento. La concentracion en sí mismo y la distraccion perpétua en que sus pensamientos le tienen absorbido son las señales externas del carácter de esta figura. ¿No es eso?

—Exactamente.

—El conde D. Julian es un mal hombre: por más que la ofensa que ha recibido le da derechos para mucho, él va tras de una venganza insaciable, en la cual no ha dudado envolver á toda la nacion de su ofensor. La aspereza violenta, la ira traidora de la hiena, y la marcha oblícua del lobo, son los caractéres exteriores de esta figura, que se mueve en el cuadro inquieta, torva y siniestra, como amenaza viviente. ¿No es así?

—Exactamente.

—Theudia es... su Sancho Montero y su Blas de usted en Sancho García y El Zapatero y el Rey: á Lumbreras le viene como pintado el papel de Theudia, y daremos el del conde á Pizarroso.

Y se envió á estos actores su respectivo papel.