Pero ántes de todo voy á responder á algunas objeciones á que da lugar la severidad de mis juicios. No hablo con la crítica racional, sinó con la malevolencia, la envidia y la necedad, que no dejarán de decir:
1.º Que insulto al público criticando y dando por mediana una obra que aplaude hace treinta y seis años.—No.
2.º Que soy ingrato y mal español, despreciando la reputacion fabulosa que por mi Don Juan me ha acordado.—Tampoco.
3.º Que de lo que con mi crítica trato, es de perjudicar á mis editores y á las empresas, porque no me dan parte de los productos de mis obras.—Mucho ménos.
A lo primero, respondo que mi Don Juan, tal como está, tiene condiciones para merecer el favor de que goza; pero al cabo de treinta años es natural que un autor reconozca los defectos de una obra, lo cual no implica ni sombra de pensamiento injurioso para el público que la aplaude, reconociendo como él sus defectos: es decir la parte inteligente del público, porque el vulgo no es nunca juez competente ni aceptable ni aceptado en materias literarias.
A lo segundo, que el no ser vanidoso, no es ser ingrato, y el aceptar con modestia lo que me corresponda solamente de gloria por lo bueno de mi obra, no es despreciar mi popularidad, sinó aceptarla con justa medida en lo que vale. Y aquí me ocurre una observacion, y es, que si un vanidoso hubiera en mi lugar escrito mi Don Juan Tenorio y alcanzado el éxito colosal que yo con el mio, hubiera sido probablemente necesario echarle de España ó encerrarle en un manicomio; porque hubiera querido ser ministro de Hacienda, gobernador de Cuba y tener estátuas en vida.
Y á lo tercero, que en lugar de intentar accion alguna retroactiva contra mis editores, poseedores legales de la propiedad de mi Don Juan en época en que aún no existia la ley de propiedad literaria, en vez de dirigirme contra ellos, al ver que Dios alargaba mi vida más de lo que yo esperaba, me dirigí francamente al Gobierno, diciéndole: «Mi Don Juan produce un puñado de miles de duros anuales á sus editores, y mantengo con él en la primera quincena de Noviembre á todas las compañías de verso en España; pero como tu ley no tiene efecto retroactivo, no por el mérito de mi obra, sinó por lo que á los demás produce, no me dejes morir en el hospital ó en el manicomio.»
El Gobierno, teniendo por razonable mi demanda, me dió pan y con él me he contentado.
Pero reclamo el derecho de ver y reconocer los defectos de mi obra; Revilla y otros críticos juiciosos los han indicado ya, con la opinion de que deben corregirse y de que su autor está, no sólo en el derecho, sinó en la obligacion de refundirla. Mi obra tiene una excelencia que la hará durar largo tiempo sobre la escena, un génio tutelar en cuyas alas se elevará sobre los demás Tenorios; la creacion de mi doña Inés cristiana: los demás Don Juanes son obras paganas; sus mujeres son hijas de Vénus y de Baco y hermanas de Priapo; mi doña Inés es la hija de Eva ántes de salir del Paraíso; las paganas van desnudas, coronadas de flores y ébrias de lujuria, y mi doña Inés, flor y emblema del amor casto, viste un hábito y lleva al pecho la cruz de una Orden de caballería. Quien no tiene carácter, quien tiene defectos enormes, quien mancha mi obra es D. Juan; quien la sostiene, quien la aquilata, la ilumina y la da relieve es doña Inés; yo tengo orgullo en ser el creador de doña Inés y pena por no haber sabido crear á D. Juan. El pueblo aplaude á éste y le rie sus gracias, como su familia aplaudiria las de un calavera mal criado; pero aplaude á doña Inés, porque ve tras ella un destello de la doble luz que Dios ha encendido en el alma del poeta: la inteligencia y la fé. D. Juan desatina siempre, doña Inés encauza siempre las escenas que él desborda.
Desde la primera escena, ya no sabe D. Juan lo que se dice; sus primeras palabras son: