A seis kilómetros escasos de Camaling, se encuentra Guinobatan, palabra cuya raíz gubat tiene tres significados, dando á conocer lo mismo el terreno desmontado que el lugar en que se ha verificado un asalto, ó conseguido una conquista. Nos inclinamos á creer que la verdadera etimología hay que buscarla en el primer sentido, teniendo en cuenta la necesidad que habría de hacer cortes y talas para formar aquel pueblo.
Guinobatan confina por Este con Camalig, por Oeste con Ligao: Tabaco por el Norte, dejando al Sur Quipia y los mares de Burias.
Tiene con sus barrios un total de población de 15.994 almas, que forman 88 cabecerías con 4.131 tributos. Se registraron 689 bautizos. 111 casamientos y 400 defunciones. Asistieron á las escuelas por término medio 340 niños y 260 niñas, conociendo medianamente el español 40 entre unas y otros. Hay radicados 4 europeos y 57 chinos. La criminalidad figura con 15 procesados.
El pueblo que nos ocupa es uno de los mejores de la provincia de Albay; en lo antiguo fué barrio de Camalig de quien dependió hasta 1688 en que adquirió propia autonomía. El año 1814 fué destruido por el fuego del volcán, formándose el nuevo pueblo en la que hoy es visita de Mauraro. Nueva catástrofe hizo que el caserío se fijara en las playas Panganiran: volviendo por último al primitivo sitio, pesando sobre el pueblo la eterna amenaza del vecino Mayon.
Guinobatan tiene bonita iglesia y espaciosa casa parroquial, morada que fué muchos años del Padre Melendreras, inspirado poeta que ha dejado escritos no pocos versos llenos de melancolía y sentimiento. Este poeta ha sido el bardo de las comarcas del bicol y en todos sus escritos palpitan tiernos recuerdos. La siniestra luz de las rojizas llamas del Mayon, los monstruos y quimeras del Lignion, la flora de sus campos, las leyendas de sus bosques, y sobre todo la originalísima Tacay, hermosa flor ninfácea de sus lagos, de la que hizo el poeta motivo y tema de sus versos, fueron las fuentes en que el Padre Melendreras bebía la inspiración de sus cantares inéditos en su mayoría, y casi podríamos decir en su totalidad, consecuencia de su extremada modestia que á todo trance rehuía la publicidad.
La casa parroquial de Guinobatan tiene suerte con sus inquilinos. Preguntad en toda la provincia de Albay, lo mismo á indio que á castilla por el Padre Luís, y no oiréis más que bendiciones para aquel párroco que durante las últimas epidemias fué la providencia de Guinobatan.
Aguas constantes y tenaces y espesas nieblas hacen que en aquella localidad la humedad sea muy grande, circunstancia que favorece el desarrollo del plátano abacá cuyo textil es el principal producto de su suelo.
El Banao riega la jurisdicción de Guinobatan y sobre dicho río se levantaba hasta hace pocos años el magnífico puente de Isabel II. Tenía 1.500 pies de largo por 54 de ancho, formándolo dos grandes ojos. Este puente fué destruido por un tifón. Igual suerte sufrió el Tribunal. En este pueblo conocí un celebérrimo mediquillo. La rama de este diminuto Galeno era general en el partido de la Iraya. Lo vi por primera vez maniobrando sobre un paciente que seguramente quedaría sin hueso sano. En los distintos sistemas curativos que los mediquillos filipinos emplean, figura el de la soba, ostentando los que la practican el poco tranquilizador título de sobanderos. Líbrelos Dios de caer en manos de uno de esos asesinos, y preferid antes que tal os aconteciese, un vuelco, un despeño, ó un choque de trenes en la seguridad que de estos no saldríais tan magullados como de los aceitosos, largos y apergaminados dedos que la emprenden con vuestras carnes con una fe tal que no hay dolor que no desaparezca, por aquello de que baza mayor quita menor, y de seguro que en aquel juego, la menor es siempre la dolencia, y la mayor la que os propina el sobandero en medio de resoplidos, apretones y magullamientos.
El mediquillo á que me refiero era herborista-sobandero, es decir, que participaba de ambos sistemas curativos, dejando las sobas cuando el paciente prefería las hierbas. Y no se crea que el mediquillo ejerce su noble profesión con el descreimiento del charlatán, no; la practica con la misma fe que el más concienzudo hombre de ciencia, rodeando todos sus actos de una solemne y cómica gravedad, tan rayana al ridículo, que no he podido menos de reirme siempre que he tropezado con alguno de esos pseudo enterradores. El mediquillo de Guinobatan tenía para las funciones de herboristería un recetario, sacado de su propio caletre, recetario que de su puño y letra guardo una copia, como un tesoro, entre otros autógrafos de igual mérito. No quiero privar á mis lectores de tan sabrosísima lectura, y en el mismo castila en que está escrito, y con su propia puntuación y ortografía, lo traslado aquí, y que Dios me perdone.
Dice así: