La primera iglesia que se erigió, bajo la advocación de Santiago Apóstol, fué construida de caña y nipa, dejando los franciscanos la administración espiritual el año 1696. Por decreto del Vicepatrono se encargaron nuevamente de ella en el año 1768, en cuya época contaba con 410 tributos y una pobre iglesia.

Los franciscanos construyeron en el siguiente año un hermoso templo de piedra, bajo la dirección de Frey Pedro de Villamediana. Este edificio lo destruyó un temblor, quedando de él solo los cimientos. El clero secular es el encargado de la parroquia de este pueblo desde el año 1794.

En la jurisdicción de Bulusan se encuentra el volcán de su nombre, situado en los 127° 42' 30'' longitud, y los 12° 46' 40'' latitud en la cumbre de una elevada montaña, cuyo pico parece contesta en altura al que en la misma cordillera presenta al NO. el Mayon. El volcán de Bulusan está casi apagado, habiendo en otro tiempo contribuido á las violentas convulsiones que han agitado esta parte de la isla. Del monte ó pico de Bulusan se desprenden: al S., los ríos Caman, Rampas y Dinaraso, cuyas aguas se convierten, reunidas al NO., y van al puerto de Sorsogon.

El volcán Bulusan parecía extinguido hacía mucho tiempo, sin embargo de que en 1852 empezó á dar señales de alimentarse el fuego en sus entrañas. Según Mr. Jagor, este volcán se asemeja de un modo admirable al Vesubio; como este, tiene dos picos: al O., una cima redondeada en forma de campana; al E., como resto de una cumbre anular, una alta cresta dentellada, parecida al monte Somma: en sus vertientes se nota bien la estratificación paralela. Como en aquel, el cono de erupción está en medio del antiguo muro del cráter; el espacio que les separa de la valla montañosa situada enfrente, ó sea el piso del antiguo cráter, es considerablemente mayor y mucho más desigual que el Atrio del Caballo, en el Vesubio. ¡Desgraciado del barrio de San Miguel si despierta el coloso! Dependen del pueblo de Bulusan los barrios de Talaonga, San Roque, Buhang, Malabago, Mombon y San Miguel. Este último dista de su matriz 16 km. y tiene mas de 2.000 almas, cifra que, unida al demás vecindario que compone el pueblo, suman un total de 6.592, de las que tributan 3.231. Se verificaron 372 bautizos, 87 casamientos y 128 defunciones. Solo 15 niños entienden algo el español de los 245 de ambos sexos que concurren á las escuelas. Hay radicados 2 europeos y 45 chinos. La estadística criminal solo registra un procesado.

En Bulusan, como en la mayor parte de los pueblos playeros del estrecho hay no afición, sino fanatismo por el gallo y sus peleas, de las que dice un notable escritor. «En Filipinas la pasión por los juegos de gallos es un verdadero delirio, y ninguna ley puede hacer variar el número y duración de las riñas que producen tal carnicería en los combatientes que bien puede dársele el calificativo de inhumana. En otros puntos suelen afilar los espolones de los gallos, pero en Filipinas se les arma de navajas, [12] y la casualidad más bien que la destreza, decide la cuestión. Mueren todos los días una infinidad de gallos, pero no por eso se disminuye su número, pues difícilmente se encontrará un pueblo que no cuente con más gallos que habitantes. En el puente grande de Manila, y entre cuatro y cinco de la mañana se oyen por todas partes, á todas distancias, y en todas direcciones, miles de penetrantes trompetas, pareciéndose á un cordón de señales que pasa de boca en boca, desde el pueblo de Bangui en Ilocos Norte, hasta el de Matnog, situado en la punta Sur de Albay. Hay gallos en cada casa, en cada rincón, al pié de cada árbol, á lo largo de los muelles y playas, en la proa de cualquier barco de cabotaje, y como si todo esto no fuera bastante, se encuentran además esculpidos y pintados con carbón en las paredes.

Es considerada por el indio como una falta de cortesía el tocar á un gallo de pelea, y siempre se solicita permiso del dueño para examinarlo. El gallo es objeto de muchísimos cuidados y caricias; come, canta y duerme en los brazos de su amo; no se aparta de su pensamiento, y hasta lo he visto celebrado en verso en les términos más afectuosos. Cuando ha salido victorioso repetidas veces en la pelea, es sujeto á un minucioso examen con el fin de descubrir por sus señales exteriores lo que puede caracterizar su mérito: se le cuentan las escamas de los pies, se observa su figura y distribución, la tendencia é inclinación de los círculos de los espolones, y si estos se asemejan uno á otro, la forma de los dedos y uñas, y el número y colores de las plumas de las alas, siendo once el favorito. Los ojos blancos son preferibles en el gallo á los castaños, y son buscados los de cresta corta. A cada gallo se le nombra con relación al color de su pluma: al blanco le llaman puti; al rojo pula; talisain al blanco con pintas negras; al de cuerpo rojo, cola y alas negras bulic ó taguiguin; al negro, casilien ó maitin; blanco y negro, bínabai al ceniciento abuen; al blanco y negro, con patas de este último color tagaguin, y así otros muchos. Al gallo silvestre le llaman labuyo

Muchos y buenos artículos, en broma y en serio, hay escritos sobre los gallos filipinos y sus peleas, destacándose entre todos ellos, según mi pobre opinión, por el sabor local de sus apreciaciones, el firmado por el Padre Buceta, no pudiendo resistir á la tentación de transcribir algunas líneas. El indio, dice aquel escritor, tiene una pasión inveterada por este juego, que ocupa el primer lugar entre sus diversiones. El gallo es el principal objeto de su cuidado, su compañero asiduo y lo lleva hasta la puerta de la iglesia, en donde lo deja atado á un palo de caña clavado en tierra, hasta que termina la misa. Por ningún dinero se desprende de su gallo favorito, y algunos poseen hasta media docena de estos inapreciables tesoros, á cuyo servicio se les ve exclusivamente dedicados.

Para estas riñas, cada pueblo tiene su gallera, que produce al Gobierno una renta bastante considerable. Las galleras son grandes edificios construidos de troncos de palmas, caña y nipa, y se reducen á un gran salón á que dan luz varias ventanas abiertas en el techo. En el centro se halla un tablado de unos 5 pies de elevación y rodeado de galerías de caña, á las que llegan los espectadores y pagan con arreglo á la proximidad y conveniencia de los asientos. Las galleras, por lo general, se encuentran llenas de concurrentes. El indio entra con su gallo bajo el brazo, le acaricia y le coloca en el suelo, le vuelve á coger, le acaricia con la mano, le dirige la palabra, le echa el humo de su cigarro, le estrecha contra su pecho, y por fin le dice que pelee con bravura. El gallo generalmente entonces canta como con orgullo y desafiando al enemigo. Se presenta el rival: se les ata á ambos un cuchillo ó navaja de dos filos al espolón natural, y después de hacer que por algún tiempo se miren uno á otro, se da la señal de principiar el combate, notándose entonces extraordinaria agitación en la concurrencia, hasta que un alguacil anuncia que está terminada ó cerrada la puesta: á cuyo anuncio se sigue un silencio universal. Los dueños de los gallos se retiran á otra señal, y los combatientes se contemplan con las plumas erizadas, mueven la cabeza y se arrojan uno sobre otro, continuando la riña hasta que uno de ellos cae mortalmente herido. El vencedor se echa sobre él y canta en señal de victoria, no siendo extraño que el herido se levante y se vuelva contra su enemigo, y si este huye, como sucede algunas veces, pierde y es condenado á ignominiosa muerte, desplumándole y colgándole de esta suerte fuera de la gallera. Las heridas del que sobrevive son lavadas con infusión de hojas de tabaco en vino de coco, teniéndose desde este momento en gran estima para apostar en su favor: pero si queda inútil para nueva refriega, es cuidado cariñosamente por su dueño, habiendo mediquillos y casas á propósito donde se dedican á curar sus heridas.

Es de advertir, como ya se ha indicado que el juego ó mejor dicho la matanza del gallo, constituye en Filipinas un vicio estancado, cuyo desarrollo lo explota el Estado concediendo el monopolio de abrir galleras en sitios, días y horas determinadas al mejor postor. Quizás, y sin quizás uno de los más fuertes alicientes de esa afición está en su misma restricción, pues los indios y chinos que juegan al gallo, humanos son, y como humanos experimentan la picazón que exacerba toda privación.

Tanto la organización de las galleras como las reglas y prescripciones del juego, están consignados en un reglamento á que se sujetan sin comentarios los tahúres como allí llaman á los más asiduos y empedernidos concurrentes á aquellos sangrientos gallicidios.