Dejamos por la popa el puente de Barcas, único paso gratuito que une el viejo mundo manileño con el moderno, y voltejeando por entre barcos de todas especies y dimensiones, pasaron ante nuestra vista los artesonados góticos de Santo Domingo, las columnatas (!!) de los camarines de la Aduana provisional (si no fuéramos de prisa, verían nuestros lectores que en Filipinas todo es provisional), los bonitos parterres de la Capitanía del Puerto, los sombríos muros de la Fuerza de Santiago, la actividad del Carenero y el extenso Malecón.
A medida que nos acercábamos á la barra, la boga se hacía más difícil.
Estábamos á medio cable de aquella. Cuatro golpes de remo, y la quilla de la banca entraría en los inmensos dominios de los mares.
Fijamos la última mirada en la blanca espuma que incesantemente nace y muere al gemir de las olas que rompen en las piedras del Fuerte del Sur, y … ¿cuál es la María Rosario? pregunté al patrón.
—Aquella, señor,—dijo, señalando un barco armado de brick-barca.
Los detalles de la María Rosario, cada vez se iban delineando con más precisión. La extensión de su guinda, eslora y puntal era proporcionada, no así su manga que era mucha, lo que nos hizo presagiar que sus balances habían de ser muy sensibles.
La María Rosario estaba lista para darse á la vela con rumbo á las islas Marianas.
A las ocho de la mañana pisamos la meseta del portalón de babor, recibiéndonos los ladridos del perro más gordo que jamás hemos visto.
Posesionados de la cubierta después de arreglar el camarote, esperamos la visita de salida.
A las doce, listos en toda regla, dimos vela con todo aparejo largo en demanda del Corregidor, con viento flojo del N., mar tranquila, barómetros altos y horizontes celaginosos.