Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado acubac que se reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas, levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman inalug.
Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la verdad y de la razón.»
Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles; pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley, que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra, alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el que impera por la ley del más fuerte.
Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun cuando se encuentre con alguna ranchería de aetas; estos lo acogerán con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño, se tornan dulces y serviciales.
El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las puertas de Manila.
¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende la isla de Mindoro, desde puerto Galera á punta Bunga!
Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de Marinduque por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la María Rosario.
Las pequeñas Dos hermanas, formando el vértice del triángulo que cierran Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo, se destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños islotes llamados Tres Reyes y el Diamante, azotados constantemente por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables resacas que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.
La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límites habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto, inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario de la vida.
Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el siguiente capítulo una página más.