Por las portas y batallolas de popa, de cuándo en cuándo se divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por el inseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, por el más carnicero y terrible habitante de las ondas, por el temido tiburón.
Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia.
A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observación la situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13' long. E., se armó el aparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnaza que envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista, transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se había frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa, hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dos fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en la informe masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de la embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulas armadas de triple hilera de dientes, fueron bastante á sepultarle en la cabeza las afiladas barras.
Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundos abismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia del aparejo que lo sostenía.
Sujeto el cabo é izada la cabeza del tiburón fuera del agua, se le echó un doble aparejo oprimiendo en el círculo de un nudo corredizo las aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que el círculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad, y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse de la muerte, bien safándose del hierro por desgararse la piel á los supremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperse el cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido por el anzuelo y por la doble cuerda.
Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón más de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un sinnúmero de golpes con hachas y espeques.
El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puede comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que posee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas sus grandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terribles contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el poco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunos pasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creían desprovistas de fuerza vital.
En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, del cual podemos decir sucede con él lo que con otros muchos animales, que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, ha puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir respecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado, mucha semejanza con el llamado cason.
Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el acontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se lleva una larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á la desesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado en aquel dilatado desierto de agua.
Ni el catavientos, ni las nubes, ni el barómetro, ni el cariz del cielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidad en las ondas y en las lonas.