CAPÍTULO XVI.

Reducción de vecindario en las Marianas.—Islas habitadas.—Rota.—Su población.—Promesa religiosa.—Comercio y agricultura.—Antiguas invernadas.

CAPÍTULO XVII.

Población.—Razas.—La providencia del salvaje.—Los carolinos.—Gastos é ingresos.—Milicias urbanas.—El chamorro.—Sus inclinaciones, su moral, sus trajes y costumbres.—Ilustración.—El Padre Ibáñez y D. Felipe de la Corte.—Cuatro palabras por vía de epílogo.

CAPÍTULO I.

La banca.—El estero.—La chaqueta y el chaquet.—Nuevas costumbres.—¡Manila progresa!—El catapusan, el sarao y la soirée.—Colocación de nombres.—Meiisig.—El río de Binondo.—El Pasig—La barra.—La María Rosario.—El adiós á Manila.—Cavite.—Costumbres.—Moysés y las doce tribus.—La primera noche abordo.—El baldeo.—La laguna encantada.

Los primeros albores del nacimiento del 10 de Julio de 1871, apenas se transparentaban por las conchas de mi alcoba, cuando fuí despertado por el criado, anunciándome que las bancas estaban listas en el estero para conducirnos abordo.

Una ligera escalinata une el río de Binondo con la casa, así que, previos todos los correspondientes requisitos de marcha, desde reconocer los bultos, hasta dirigir la última cariñosa mirada á los muros que han sido por largo tiempo confidentes de nuestras amarguras y testigos de nuestros placeres, muros que á nadie más que á mi romperán su mutismo, si algún día vuelvo á interrogar sus blancos lienzos con el lenguaje de los recuerdos, pasé de la casa al bote, al par que los aljofarados dedos de azul y nácar de los genios del Oriente abrían los espacios para dar paso al majestuoso gigante de la luz.

La corriente favorable á consecuencia de la alta marea y la desusada actividad de seis remeros aguijoneados con la esperanza de una propina, hacían que las batangas se deslizaran rápidamente por el estero.

Aquí, si nuestro trabajo no llevara el carácter de un viaje á la ligera, nos detendríamos en muchas páginas; mas, sin embargo, como la rapidez de una banca no es, ni la que da aliento una caldera de vapor, ni una ventolina de empopada, ni aun la pujanza de cuatro hijos de las verdes vegas de la Cartuja, tenemos tiempo de ver y apreciar en el largo espacio que media desde el Trozo hasta que se entra en el caudaloso Pasig.