En completa reducción, y estando las islas al mando de Madrazo, llegó el siglo XVIII, á cuyos principios se aumentaron escuelas, se perfeccionaron las obras de las iglesias, se levantaron almacenes, se abrieron caminos y se ultimaron cuantas construcciones habían estado abandonadas por efecto de la guerra. Las rancherías esparcidas por los montes se refluyeron al llano, desapareciendo la vida nómada y errante del natural, con la aparición de los pueblos de Merizo, Pago, Agat é Inarajan.

En el año 1701 no había habitadas en todo el Archipiélago de Marianas más que las islas de Guajan, Rota y Saipan, y estas últimas, era tan poca su importancia y tanta su miseria, que al despoblar los españoles años después la isla de Rota, dice una crónica de aquel tiempo, literalmente lo que sigue: «La tierra es estéril, el cielo melancólico, el viento y el mar á temporadas furioso, horrible y formidable. Solo en ciertas monzones se ve un aspecto apacible, la gente es poca, bárbara y bozal. Nadie sale de allí, nadie pasa por allí, no hay noticias, ni del resto del mundo, ni aun de aquel pequeño rincón del mundo. No hay desierto ni yermo en la Nitria, ni la Thebaida, que sea comparable á esta soledad. Ovidio, no acaba de ponderar las miserias de Tomis; pero si hubiera visto á Rota dijera, que era el Tomis del mismo Tomis.»

La situación de Rota desde que con tan vivos colores se describió, realmente poco ha mejorado, participando del sensible descenso que se observa en todo aquel pequeño Archipiélago, descenso más sensible en Rota por la casi absoluta carencia de comunicaciones, por la nulidad en las transacciones, por la consiguiente miseria del natural, y por lo inhospitalario de sus puertos.

La reducción de las islas como hemos dicho, quedó ultimada en absoluto á principios del siglo XVIII. Pero, ¿qué quedó de aquella reducción? Una docena de peñascos deshabitados en su mayor parte, y un pequeño pueblo al cual había que atender con cuantiosas sumas, á fin de darle vida al par que actividad y movimiento. Los sacrificios pecuniarios de la nación y los deseos de los gobernantes, se estrellaron como era consiguiente, con la falta de inspección que no podían ejercer en razón á la distancia que separa Marianas de Manila.

Se estudiaron todos los medios al par que iban creciendo las exigencias, y aumentando por consiguiente el personal y con este el presupuesto. Se ensayó centralizar el comercio en sentido oficial, y á este propósito el Real Erario en vez de remitir caudales, lo hacía de géneros de más ó menos fácil realización.

El Estado se convirtió en tendero; la Hacienda absorbió el cambio, la venta y la permuta y los gobernantes constituyeron la Real Hacienda en muestrario de las transacciones. El gobernado se convirtió en comprador, y el Estado en razón social mercantil.

Semejante manera de arbitrar fondos, produjo como consiguiente era, un sinnúmero de abusos, que denunciaron otras tantas fortunas improvisadas y caudales adquiridos á la sombra de un mostrador, en que la mercancía venía gravada con el impuesto de considerables primas, en que los comerciantes eran meros factores, y en que los dueños eran puramente nominales.

La acumulación del capital por razón de la venta; la ventaja de la retención, á causa de la escasez; el aumento del pedido en proporción á la demanda, y el acopio y almacenaje ante el cálculo racional del expendio y la necesidad, fuentes de todo comercio, no las negamos en el muestrario oficial, pero lo que desde luego aseguramos, es que dichas fuentes no vertían sus caudales en las cajas de la entidad jurídica llamada Estado, sino en la positiva de los administradores al par que administrados. Ellos se compraban y se vendían facturas, y este continuo agiotaje y más que todo la triste realidad, que aunque tarde se iba observando en los centros inspectores, dieron origen á que se abandonara el sistema anterior y á que se ensayara el hacer los pagos por medio de situados. Estos y aprovechando las naves de Méjico, dejaban en Marianas el total del importe del presupuesto.

Mas adelante, y pasados bastantes años de ser evacuadas las Américas, y cerrado por consiguiente el paso de las naves por Marianas, se redujeron en las cláusulas de un reglamento los gastos de las islas, quedando estos en la suma de unos doce mil pesos.

El reglamento no podemos negar se publicó, pero el presupuesto por ningún concepto refleja en el día los beneficios de su observación y con ella su reducción.