Ni chiquillos de escuela en ausencia del maestro, armarían más ruido y batahola que la que armaron los concurrentes al Tribunal tan luego desapareció el jefe de la provincia. Se comentó la elección, se murmuró, se bebió, se comió, y, por último, se bailó. Es de advertir que en la provincia de Tayabas, las principalas asisten á la mayor parte de los actos oficiales, no faltando nunca á las elecciones.
Más de un indio se traspuso ante los vapores del tinto; pero sin consecuencias. La borrachera del indio es sui generis, propia y peculiar suya. Generalmente no pierde el conocimiento, y rarísimas veces le da la juma por ser valiente y pendenciero.
A las cinco de la tarde se tocó el tambor, yendo todas y todos en dos filas á sacar al Alcalde.
A los pocos minutos todo estaba listo para dar principio al sorteo. A derecha é izquierda del Jefe de la provincia hay dos bangas; en la primera, dice un papelito que tiene pegado: Nombres de los mozos solteros sorteables. En el rótulo de la segunda, se lee: Números. Tanto estos como aquellos, están inscritos en tiritas de papel enchufadas en pequeños canutos de caña. Al lado de cada banga hay un niño.
Varios escribientes debidamente separados, tienen sus listas con los nombres de los sorteados puestos por cabecerías, dispuestos á poner á continuación de cada uno de aquellos, el número que le toque en suerte. Dos Auxiliares de Fomento son los llamados á sacar de los canutos las papeletas, y dos individuos de la principalía, provistos cada cual de sus respectivos hilos encerados y enhebrados esperan de pie detrás del sillón presidencial. Todo estaba listo. A un campanillazo y un principia el sorteo— metió mano en la banga el niño de la derecha, sacó un canuto, el Auxiliar de Fomento desdobló el papel, lo dió al Alcalde y este leyó:—Cabecería, número cual: Fulanito de Tal. Los escribientes buscaron en sus listas la cabecería y apoyaron los puntos de la pluma al margen de Fulanito de Tal. El niño de la banga de la izquierda, sacó acto continuo su canutito, se hizo lo mismo que con el anterior, y una vez leído el número, pasaron las papeletas á las agujas enhebrándose por el orden con que van saliendo, en un hilo los nombres, y en el otro los números, de modo que, de resultar la más ligera inexactitud en los cotejos, los hilos son los llamados á resolverla. El sistema, como se ve, no puede ser, ni más exacto ni más sencillo.
Mientras se leen nombres y números, hagamos nosotros algunas observaciones sobre las quintas en Filipinas.
Alrededor del tribunal, no veréis esa multitud impaciente y anhelante, que con gran zozobra espera oir su nombre. En el hogar, ni llora la madre, ni reza la abuela, ni suspira la novia, ni calcula el padre. En Filipinas nada de esto sucede, ni hay lágrimas, ni impaciencias, ni temores, ni zozobras.
Las cercanías de un tribunal en día de quintas, presenta su fisonomía habitual, y en el salón donde se verifican aquellas, están todos, menos los interesados. ¿A qué obedece este indiferentismo? ¿Tiene su razón de ser, ó es uno de los muchos fenómenos psicológicos que se dicen se operan en este país? Estudiemos un poquito esta cuestión, y se verá, que en esto, como en otras muchas cosas, hay su perfecta lógica y su concluyente razón de ser. El temor del sorteado y de su familia, crece en razón directa, al número de soldados que han de sacarse, á las penalidades del cuartel, y á los riesgos más ó menos probables. En Filipinas, la contribución de sangre es escasísima, las fatigas del cuartel nulas, y los riesgos del soldado tan lejanos que generalmente cumplen su tiempo, suponiéndoseles el valor. En el año 1875, entraron en suerte en la provincia de Tayabas cinco mil trece quintos, de los cuales, solo fueron á ser soldados ochenta y cinco. Con estas cifras, ¿no es lógica la falta de temor, y sin él, la indiferencia? Lo es, máxime si se agrega que el soldado cumplido al volver á su pueblo, cuenta la vida holgada del cuartel, y con sus relaciones, aleja el temor de los quintos, que saben, que el soldado viste bien, come mejor, tiene dinero, y vive con holgura y poco trabajo. La paz, que gracias á la Providencia gozan las Islas, aleja la zozobra de presenciar escenas de sangre y horrores. Después de lo anterior, ¿es ó no lógico, eso que se llama indiferentismo? ¿Hay en esto misterios? Creemos que no, y para concluir de robustecer esta idea, y como prueba evidente de que el indio no es refractario al servicio de las armas, diremos, que conocemos sustitutos que se han comprado por cuarenta pesos. Esta es la mejor apología que puede hacerse del trato verdaderamente paternal que se da en estas colonias al soldado.
Una vez que fué cosido el último papelito, se preparó la cena, y tras ella, el baile, que duró hasta las dos de la madrugada.
Antes de despedirnos de Sariaya, no podemos menos de citar dos nombres. El Padre Juan Bellón, y el capitán Perto. El primero, es un santo, el segundo, un modelo de buenos Gobernadorcillos.