—No sé—me contestó con marcada aspereza.—No conozco—añadió—más aparatos de pesca, que los arpones balleneros y los dobles aparejos para izar las tintoreras de los trópicos.

—Pescas que deben ser muy peligrosas, capitán.

—¡Capitán! ¡capitán!—repitió con acentuado desprecio.—¿Capitán de qué? ¿de este cajón con ruedas? ¡Mil rayos y bombas! ¡Capitán de río, sin rol, sextante, ni brújula, con cuatro rajas de leña en la bodega, una derrota de diez horas, un buque en miniatura y un tiquín por timón! ¡Vaya un capitán!

El sarcasmo y la rudeza de las palabras del antiguo marino, involuntariamente me hicieron recordar al célebre personaje de la Agonía, drama en que Larra dice por boca de un viejo contramaestre de los que acompañaron á Colón, «que las tormentas en tierra, son truenos que apenas se oyen y gotas de agua que ensucian». El capitán del Batea era un retrato del viejo lobo de la Niña.

Ya que hemos principiado á bosquejar tipos, vamos á trazar cuatro brochazos—por más que sea á la ligera—en los bocetos de los personajes que ocupaban la mesa. A la derecha del capitán, que sudaba, no tinta, sino brea, embutido en un corbatín y una americana negra, se encontraba sentada una empleada que respondía al nombre de Bertita: ojos melados, negros, grandes, y velados de largas pestañas; pelo fino, lustroso, abundante, negro como sus ojos; nariz pequeña y un tanto arremangada, símbolo de burla; labios finos; dientes, aunque de mortales huesos, y no de perlas, compactos, blancos é iguales; tez morena; seno alto y exuberante; manos redondas y pequeñas, y sonrisa marcadamente picaresca, constituían el distinguido conjunto de Bertita, que vestía ligera y limpia bata de viaje, recogido sombrero de terciopelo con pluma, cuello y puños á la marinera, cinturón de piel de Rusia, y diminutas botitas color café.—¿Les gusta á ustedes el tipo?—Sí.—Pues á mí también. El capitán, de cuando en cuando, la miraba de reojo, y hasta creo que el buen hombre se olvidaba de todos los horizontes de los trópicos, por el pequeño cielo que constituía la risueña cara de Bertita, en la que no había mas nubes que un picaresco lunar puesto en el labio superior con más malicia que queso en ratonera. A la mitad del almuerzo, ya nos había contado quién era, adonde iba, porqué había venido, quién era su padre, su abuelo y hasta un primito á cuyo solo nombre, largó un bufido muy pronunciado un respetable y obeso señor que estaba sentado á su lado, y que á grandes rodeos—pues en esto, era lo único en que enmudecía Bertita—supimos era su esposo. Este, como le llamaba aquella, tenía una cara de todo un buen hombre; el género paciente y la clase resignada, se definían perfectamente en aquel armazón de carne, en la que brillaban dos ojillos azules, unas narices abultadas y granugientas, y una calva cercada de algunos mechones blancos, compañeros de un enmarañado y desigual bigote. Toda la locuacidad de Bertita, era mutismo en el señor D. Paco, quien se limitaba á aprobar con monosílabos los largos períodos que salían de la fresca y sonrosada boca de su esposa.

Ocupaba la izquierda del capitán, uno de esos misteriosos seres que de cuando en cuando aparecen por las provincias del Archipiélago, llamándose unas veces alhajeros y otras naturalistas, por más que en la generalidad de los casos, sean verdaderos caballeros de industria, que á la sombra de cuatro maletas llenas de abalorios y hoja de lata, engañan la credulidad de los indios; sirviéndoles otras veces de pretexto, media docena de plantas parásitas, que ni entienden, estudian ni clasifican. Al lado de estos últimos, los hay—y yo me honro con la amistad de algunos—que recorren los bosques de este país con el afán de enriquecer la ciencia, sufriendo toda clase de privaciones, ante la satisfacción de aumentar sus herbarios. El tipo que nos ocupa, no puedo definir á qué clase pertenece. Habla poco y su acentuación señala al gascón, por más que dice es alemán; come bien, y sobre todo bebe mejor. Completaban los comensales, una pálida, mestiza china, más difícil de bosquejar que el anterior.

Al lado de la mestiza, observaba y comía el autor de estas líneas.

—¡Jesús, que café, capitán!—dijo Bertita, haciendo un gracioso mohín de desagrado al saborear el negro líquido que humeaba en la taza:—nunca podré acostumbrarme á estos brebajes recordando el Moka que se tomaba en casa del Ministro, el primo de este. Pues no digo á ustedes nada, del que se servía en la embajada de Rusia, ni el que se daba en las soirées de la Baronesa: ¡Jesús, Jesús, qué país! Veinte días hace que desembarcamos, y lo que es así pronto me vuelvo á mi Cádiz.

Ya pareció aquello, dije para mis adentros, andalucita tenemos.

—Pues no crea V. que esto es tan malo—la dije—cuando V. se instale, y lleve algún tiempo de país, le parecerá muy bueno.