La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.

Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo equilibran.

Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña.

El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder la golilla y no la cabeza.

Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la superchería de creer que por este medio el contendiente dispara, avisado por el instinto.

Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se respeten los compromisos.

Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.

Suena una campanilla.

Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen, esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su campanilla. La riña va a empezar.

Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo.