Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz.
Así apreciará usted cuánto le estima como amigo y como escritor su afmo. y S. S.
Juan Carlos Dávalos.
PRÓLOGO
Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida argentina de hace un siglo.
Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases sociales que atestaban el rancho.
Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más completa y bella imagen del pasado argentino.
En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y original.