Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra argentina.
He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo, para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte, sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud espiritual.
Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad. Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido, sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se leía.
Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los gauchos, de los indios y de los perros.
Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto, muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido, brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente".
Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole. Dávalos, felizmente, se encuentra libre de literatismo, ese veneno del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la literatura francesa contemporánea.
Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien acuse al autor de Salta como afectado de arcaísmo. La prosa de Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina.
Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista. Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto.
Manuel Galvez