Las garantias que en favor de la civilizacion y riqueza del pais acababan de obtener los súbditos británicos por los tratados que son el punto de partida del jeneroso derecho público que nos rije, fueron el natural apoyo de la confianza con que se arriesgaron fuertes capitales europeos á trasladarse á rejiones lejanas pero que tanto prometen á la industria y al trabajo intelijente bajo la custodia de las leyes sábias. El crédito, elemento moral de los gobiernos, obró su preciosa consecuencia, convirtiéndose en valores positivos. Si los frutos posteriores no correspondieron á las esperanzas concebidas en vista del movimiento favorable de la opinion exterior hácia nosotros, no fué culpa de quienes excitaron ese movimiento con tanto acierto como con medios tan lejítimos; culpa fué de la mala estrella que guió por tantos años nuestros destinos.
Siempre que busquemos con verdad el camino de nuestro engrandecimiento, le hemos de hallar por el rumbo trazado por la escuela económica y administrativa de que es fundador el Sr. Rivadavia. El órden y la paz interior, serán en adelante como lo fueron desde 1821 hasta 1827 las proclamas mas elocuentes para traer pobladores al seno de nuestros desiertos, y capitales á la masa de nuestra circulacion monetaria. Estas verdades son vulgares en nuestros dias. No le eran cuando se anunciaban y aplicaban por primera vez. Los que derramaron tales ideas como una semilla que alguna vez habia de fructificar, fueron tenidos por visionarios y utopistas. Sin embargo, la fábula se hizo verdad. Las garantias acordadas al estranjero han salvado nuestra civilizacion naciente y la dignidad del ciudadano.
El dia 8 de Febrero de 1826, en el salon principal de nuestra vieja fortaleza, entre un crecido número de ciudadanos y en presencia de los jefes del ejército y de los departamentos todos de la lista civil, tuvo lugar un acto importante y trascendental para la suerte del pais.
En aquel dia y en aquel lugar, el gobernador de la provincia de Buenos Aires proclamó á D. Bernardino Rivadavia, presidente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.
El Congreso, haciendo justicia á los méritos contraidos por aquel ciudadano habíale escojido para elevarle á puesto tan honroso como erizado de espinas. Al tomar el Presidente las insignias del mando y el Jeneral D. Juan G. de las Heras al entregárselas, pronunciaron palabras que honran á uno y otro. Los méritos de la administracion que se retiraba fueron reconocidos y aplaudidos por el Presidente, quien á su vez fué alentado con la halagüeña perspectiva de una marcha gloriosa. Tan nobles deseos se frustraron completamente. El Gobierno de la presidencia halló un terreno conmovido que no le permitió asentarse. El Sr. Rivadavia no podia fundar su gloria en los triunfos militares sino en las conquistas del pensamiento con armas pacíficas de una administracion arreglada. Mientras tanto el pais estaba comprometido en una guerra esterior, en la cual las victorias sobre el enemigo fueron una verdadera derrota para el poder del Presidente. Otras causas combinadas con esta no permitieron al réjimen nacional mas que una duracion cortísima.
El Sr. Rivadavia renunció el cargo de Presidente y cesó en sus funciones á fines de Julio de 1827.
Al descender de la presidencia, el Sr. Rivadavia dirigió una carta autógrafa á cada uno de sus ministros, dándoles gracias por la cooperacion que habian prestado á su gobierno, y asegurándoles de la aprobacion que le merecia la conducta de los empleados en los tres departamentos de la administracion. Las contestaciones de los Señores Agüero, Cruz y Carril son un testimonio de los sentimientos nobles y afectuosos que el magistrado habia sabido despertar en aquellos hombres notables. En momentos en que declinaba el valimiento del gobernante, y en que ya se divisaba delante de él el camino lóbrego que iba á recorrer en el resto de sus dias, no pueden ser tachadas de lisonjeras las espresiones con que los ministros contestaron al Sr. Rivadavia. El de hacienda se espresaba así: “La administracion de V. E. deja descubierto el secreto y en él la garantia que faltaba á los intereses sociales. No mas el saqueo y la violacion de las propiedades particulares serán en nuestra patria suficientemente escudadas con los nombres de patriotismo y de obligacion.... La mas grata recompensa que me queda es haberme empleado en el servicio de la nacion, bajo las órdenes del hombre público que en la historia de la América española ocupará el lugar mas distinguido, por su constante empeño en propagar la civilizacion de los verdaderos principios con que, en menos tiempo, y escusando mil calamidades, los moradores de estas rejiones puedan llegar á la ventura social, y las diversas secciones del continente elevarse á un grado de prosperidad prodigiosa.”
La nacion pasaba por una verdadera crísis. El carácter provisorio que imponia al nuevo presidente la ley de 3 de Julio, la reunion próxima de una convencion nacional; la disolucion del Congreso asi que se tuviere conocimiento oficial de la instalacion de aquella; la guerra civil que alzaba la rebelion por una parte, y por otra la guerra estrangera, colocaban al pais en una situacion que se agrababa con la decadencia del comercio y los excesos del ajio y con el mal éxito de las negociaciones diplomáticas entabladas para terminar la contienda con el Imperio. Las pasiones políticas se hallaban exaltadas. El Gobierno Nacional caía enlutando el corazon de unos y vistiendo con colores alegres las ambiciones de otros. Los numerosos amigos de un órden de cosas que databa desde 1821, se sentian sin apoyo y se consideraban entregados por la renuncia del Sr. Rivadavia á las consecuencias de una reaccion que comenzando por las formas habia de llegar hasta las ideas. Para calmar estos temores y para templar el ardor de los partidos, revistiéndose el Sr. Rivadavia de esa grave tranquilidad que mostró tantas veces en los momentos críticos, dirijió al pais las siguientes palabras que se deslucirian con cualquier comentario:
“Argentinos: No emponzoñeis mi vida haciéndome la injusticia de suponerme arredrado por los peligros, ó desanimado por los obstáculos que presenta la majistratura que me habeis conferido. Yo hubiera arrostrado sereno aun mayores inconvenientes, si hubiera visto por término de esta abnegacion la seguridad y la ventura de la patria.