El viento de nuestras querellas ha llevado en pedazos á nuestros viejos próceres. Es preciso buscar la huella de sus pasos en los caminos del destierro, en el pavimento de las cárceles, en la sombra triste á donde les confinó la injusticia ajena ó los propios desengaños.
Es necesario lavar de sobre ellos las manchas de lodo con que les salpicó el carro revolucionario, reparar sus mutilaciones, colocarles en dignos pedestales, á fin de que la juventud les venere y se estimule al bien para no ser bastarda de tan noble genealogia.
Son estas, sin duda, las consideraciones que han inspirado el pensamiento de formar la presente galeria de hombres célebres del pais, entre los cuales se coloca con justicia en primera línea á D. Bernardino Rivadavia.
Fueron sus padres, el abogado de la Real Audiencia D. Benito Gonzalez de Rivadavia y Da. Maria Josefa Rivadavia, y nació en esta ciudad de Buenos Aires el dia 20 de Mayo de 1780.
Era diez años menor que D. Manuel Belgrano y dos menor que D. José de San Martin, célebres generales de nuestra independencia: menor tres años que el Dr. D. Mariano Moreno, aquel que como un meteoro brillante cruzó el cielo de Mayo y se apagó en la inmensidad del oceano.
La profesion del padre y las tempranos propenciones del espíritu llevaron naturalmente al Sr. Rivadavia á la carrera de las letras.
Los reales estudios existian en Buenos Aires desde el año 1772, época en que se fundaron, con los bienes secuestrados á los jesuitas, bajo la direccion del digno y desgraciado santafesino Dr. D. Juan Baltazar Maciel.
El personal docente del establecimiento académico, como denomina el historiador Funes al primer colegio Bonaerense, se componia de dos preceptores de latinidad, de los cuales uno debia enseñar la retórica; de un maestro de filosofia y tres de teologia. Estas cátedras reunidas y aumentadas tal vez en número, pasaron á formar el colegio de San Cárlos en donde desde el año de 1785 se educaron los hijos de Buenos Aires que no querian ó no podian trasladarse á la antigua universidad de Córdoba.
La enseñanza de la lengua latina se mantuvo á la altura de las necesidades de la escolástica, hasta que la fortuna trajo al pais al presbitero D. Pedro Fernandez, literato imbuido en las bellezas de los clásicos latinos, á cuya difusion entre los jóvenes se consagró durante cinco años desde el de 1790.
Fué en la escuela de este hombre útil y modesto, en la que se inició el Sr. Rivadavia en los rudimentos del saber, segun la disciplina ordinaria. El mérito del maestro se mide por la gratitud que le conserva el discípulo.