Respecto a la industria de curtir las pieles de los animales, animales que cazaban o pescaban muchas tribus, mostraron rara habilidad los indios. Los conquistadores españoles quedaron asombrados al ver cómo las tundían y adobaban. Los aztecas, no sólo las curtían perfectamente, sino las teñían de vivos colores. Más torpes los peruanos, se contentaban con meterlas dentro de grandes vasijas llenas de orines, zurrándolas después. En dicha industria aventajaban a los peruanos algunas tribus salvajes que se extendían desde el golfo de México al Océano Glacial del Norte. Las tribus de la Florida hacían finos mantos para sus caciques con las pieles de martas cebellinas. Los californios, los columbios, los hurones y otros, las curtían de diferentes modos. Los del Gila curtían las del alce, del ciervo, del oso y de la zorra; los esquimales, además de las de los animales dichos, las del rengífero, el lobo, la liebre, la ardilla, la foca y la ballena.
La industria plumaria adquirió mucha importancia. Las plumas de los pájaros se las mezclaba con el algodón en los tejidos y se hacían mosqueadores y abanicos. Con las plumas se adornaban los escudos de los guerreros y con ellas se reproducían los seres todos de la naturaleza: hombres, bestias, aves, reptiles, árboles, flores y hojas. Recogíanse las de los brillantes pájaros de los trópicos, entre los que figuraban el colibrí, el papagayo y el guainambi. Estas obras de pluma—si damos crédito a los historiadores de las Indias—podían competir con los cuadros más perfectos de los artistas europeos. De pluma estaban compuestos los mantos de los reyes y las vestiduras de los sacerdotes, los tapices que cubrían las paredes de los palacios y los templos, los quitasoles y las colchas de las camas. Eran muy estimados en México los artífices de estas obras de pluma, y porque vivían en el barrio denominado Amantla, se dió a ellos el nombre de amantecas.
Asimismo se estimaba mucho la industria de tejidos de lana, alpaca, vicuña, llama y huanaco. La lana de vicuña la hilaban y tejían las vírgenes del Sol para los incas y los sacerdotes. Se desconocen los procedimientos de industria tan adelantada. Mantos de pelo le parecieron a Hernán Cortés de seda, lo mismo por la suavidad que por el brillo. Hilaban y tejían el algodón muchas tribus, distinguiéndose sobre todas los aztecas y peruanos, cuyos tejedores hacían toda clase de telas, lo mismo finas que bastas. A veces mezclaban el algodón y las plumas; a veces el algodón y el pelo de conejo.
No sólo del reino animal, sino también del vegetal, sacaron todas aquellas razas muchos elementos para su industria. Los pobres mejicanos se vestían con telas hechas de las fibras del maguey y de ciertas palmas. Otros pueblos tejían telas con determinadas substancias; así los hurones hilaban el cáñamo silvestre, los guaicurues el hilo de ciertos cardos, los achaguas y los otomacos el de las palmeras, los tlinkits el de las algas marinas y los haidahs el de la corteza de cedro, de pino o de sauce. El juracaré se cubría con la corteza de los árboles, la cual pintaba, no la deshilaba. Con los vegetales se servían para la fabricación de cuerdas, esteras, cestas y otras clases de utensilios.
De igual modo, muchas tribus trabajaban hábilmente la madera. Los aztecas y los mayas, que tuvieron su escritura geroglífica, usaron de hojas delgadas de palmera, y más frecuentemente de las fibras del maguey. Además de la fabricación del papel, ya se ha dicho que el maguey se empleaba para hacer telas, esteras y sogas; también como substancia alimenticia. Añadiremos a todo esto que de las espinas hicieron los aztecas agujas, y de las raíces los peruanos cierto jaboncillo, con el cual las mujeres se pintaban las pecas de la cara y se lavaban el cabello.
La industria más extendida fué la cerámica. Quizá se desarrolló más rápidamente en América que en Europa. Los productos cerámicos eran numerosos y diferentes entre los pueblos americanos. Llegaron algunos a trabajar perfectamente el barro, revelándolo así los objetos encontrados en antiguos sepulcros del Perú, Chiriqui y Costa Rica. Entre las vasijas de los mound-builders ya las había de largo cuello y de iguales formas que en la industria española. Mucho mejor que los mound-builders trabajaron el barro los nahuas, los cuales hacían platos, fuentes, copas, jarros, calderos, pebeteros, urnas sepulcrales, instrumentos de música y otros muchos objetos. Puédese citar como ejemplos la urna de México, descubierta en la plaza de Tlatelulco, el vaso de Tula y el ídolo de Culhuacán. Del mismo modo los mayas trabajaron con toda perfección el barro, hasta el punto que los vasos de Yarumela son tan bellos como la citada urna de Tlatelulco entre los nahuas. Por lo que se refiere al Perú, también la cerámica era muy rica en formas. Brutos, aves y peces estaban reproducidos en los vasos de arcilla. Lo estaban el hombre y la mujer en sus diferentes edades, a veces en caricatura o en el acto de cumplir deseos carnales. Estas imágenes, ya daban la forma al vaso, ya sólo le servían de adorno. Vasos había que eran la cabeza o el pie de hombres o de monstruos. No encontramos en ningún pueblo vasos construídos con más ingenio. Algunos, por el movimiento del agua de que estaban llenos, reproducían la voz de hombre o el grito del animal que representaban: uno imitaba perfectamente el gemido lastimero de una anciana, como el que se halla en el Museo Arqueológico de Madrid; otro el gorjeo de un pájaro, un tercero el silbido de una culebra. Constan generalmente de dos botellas que se comunican y llevan el cuello de la una abierto, el de la otra sólo con agujeros que permiten el paso del aire. El aire que el agua desaloja al moverse es el que, pasando por los orificios o estrechos agujeros, produce el fenómeno. Ciertas vasijas redondas se llenaban por el asiento; ya llenas podía volvérselas sin derramar el líquido. Había, además, vasos que podríamos llamar lacrimatorios, los cuales representaban caras tristes y por los poros salía el agua y se deslizaba por las mejillas. «La variedad de los vasos del Perú era infinita. Se les descubre todos los días de nuevas formas en las excavaciones de los sepulcros. No parece sino que repugnaba a los alfareros la reproducción de los tipos que inventaban. Los hay de doble cuello y hasta de cuatro recipientes unidos por tubos huecos. En riqueza de formas no es comparable con la cerámica peruana ni aun la fenicia, que tenía también vasos de cuello doble y aun de tres recipientes»[278]. Añade el mismo historiador que en el siglo xv casi todos los pueblos americanos fabricaron el barro, siendo de notar que ni cultos ni salvajes conocieron la rueda del alfarero. Se cree que empleaban algún procedimiento para que la arcilla no se abollase ni resultara desigual el espesor de las paredes de los vasos. Tampoco se sabe si cocieron las vasijas en hornos. Los hubo en el valle del Mississipí, según dicen Squier y Davis; pero se ignora cuándo y quiénes los hicieron.
Si se trata de los colores, los sacaron de los tres reinos de la naturaleza. Recurrieron a los vegetales casi todas las tribus. Aztecas y peruanos se sirvieron para sus tintes lo mismo de los minerales que de los vegetales.
Del reino animal utilizaron la cochinilla y ciertas ostras. De la primera sacaron el color carmesí y de las segundas el de púrpura. Los mayas y nahuas se servían de la cochinilla, y los nicaraguatecas de las ostras. No sólo servían los vegetales para los tejidos; también para la fabricación de cestos, canastos, esteras, cuerdas, sogas y otros objetos. En los textiles, diferentes en las formas, usos, colores y trama, los había sencillos como los de los iroqueses y algonquinos, artísticos como los de los aztecas, peruanos y otras tribus del Sur de América. Se sabe que las razas que vivían cerca del mar de los caribes usaban la palmera y el cabuya o henequén para hacer toda clase de cuerdas; los tobas se servían de la bromelia; los muscogis empleaban retorcidas cortezas de árboles o hierbas parecidas al lino, y los iroqueses tenían como substancia principal los filamentos del sauce o del cedro. Los californios del Norte hacían esteras de raíces de sauce, los nutkas de fibras de cortezas de cedro, y multitud de pueblos de mimbre, junco o bambú. Iroqueses, hurones, tacullis y colombios de tierra adentro, hacían sus vasijas, platos y copas de cortezas de varios árboles; los shoshonis y otros, de mimbre o de hierbas trenzadas; los apaches, de varetas de sauce; los yaquis, los ceris y los nicaraguatecas, de calabaza. De la vajilla de los haitianos se hacen lenguas algunos cronistas.
Respecto a objetos de madera sobresalían los aztecas y los mayas, superiores a los peruanos, y entre las razas salvajes los chinuks, los esquimales, los koniagas y los tinneks.
Pocos progresos hizo la agricultura, industria que presupone el empleo de bestias de tiro y el uso del arado. Los aztecas se servían para romper la tierra, ya de una especie de pala de roble, ya de una herramienta de cobre y madera; los incas usaban una como laya. Araban, pues, la tierra con una estaca o pértiga terminada en punta, de cuatro dedos de ancha, larga como de una braza, llana por delante y redonda por detrás, que llevaba a una media vara de su remate sólido y firme travesaño. Clavábase la estaca en la tierra y saltando el labrador sobre el estribo la hincaba cuanto podía. Seis o siete hombres, apalancándola al mismo tiempo y tirando con toda su fuerza, levantaban grandes terrones. Las mujeres, que asistían a la faena, ora rompían los terrones con sus rastrillos, ora volvían las tierras de abajo arriba, para que, puestas al aire y al sol, las malas raíces se secaran pronto o muriesen. Fatigoso y pesado era el procedimiento; pero con él se conseguía suplir la falta de yuntas, como también el uso del arado y de otros instrumentos de agricultura.