Sentimos no estar conformes con la opinión de historiadores tan ilustres. En nuestro humilde juicio, no son tan negras las tintas del cuadro de los reyes de la casa de Trastamara, ni tan claras ni brillantes las que se destacan del de Doña Isabel y D. Fernando. Creemos que los reinados de Enrique II, Juan I, Enrique III, Juan II y Enrique IV, prepararon el de los Reyes Católicos. Si de la reconquista se trata, ellos continuaron la obra comenzada por sus antepasados, en particular por los dos últimos.
Enrique II el de las Mercedes, sin embargo de su bastardía, se captó el amor de sus súbditos. Venció a todos sus enemigos, a unos con su talento y a otros con su espada. Aunque anhelaba vivamente la paz con los moros, tuvo a veces que pelear, no sin mostrar brío y pujanza. Juan I vivió en paz con los muslimes, a los que era aficionado. Gozaba fama de bondadoso. En sus guerras con Portugal, la fortuna le fué adversa en la batalla de Aljubarrota. Enfermo de cuerpo, Enrique III no lo estuvo de alma, pues contuvo a los nobles, se aficionó a los muslimes granadinos y procuró con gran interés llenar las arcas vacías del erario público. Admitimos con Mariana que Juan II no tenía mucha capacidad; pero afirmamos que no le faltaban excelentes cualidades. Honró durante todo su reinado a los hombres de talento, y mostró su generosidad lo mismo con sus amigos que con sus enemigos. Ejercitábase en las ciencias, en las letras y en las artes. Cultivó la lengua latina, en la cual—según el cronista Pérez de Guzmán—fué asaz docto[292]; también en la filosofía, poesía y música, no faltándole ingenio para las dos últimas. Dice el cronista que tañía e cantaba e trovaba e danzaba muy bien. Puede asegurarse que bajo su protección se elevó a un grado hasta entonces desconocido la cultura intelectual en Castilla.
«La ciega afición de D. Juan a su favorito—dice Prescott—es la clave para juzgar de todas las turbulencias que agitaron al país durante los últimos treinta años del aquel reinado»[293]. Creemos nosotros que los disturbios hubiesen sido los mismos con o sin la privanza de D. Alvaro de Luna. Los revoltosos D. Juan y D. Enrique, infantes de Aragón, confederados con los grandes de Castilla, dividieron el reino en banderías, mantuvieron siempre viva la llama de la guerra civil, trayendo conmovidos los pueblos, acobardando al rey y perturbando la monarquía. Al favorito nadie podrá negarle su fidelidad al Monarca y su valor en los combates. Era, además, conocedor de la política de su tiempo, dotado de penetración para descubrir las intenciones ajenas y de serenidad para ocultar las suyas, infatigable en el trabajo y perseverante en sus propósitos.
Si Juan II se mostró siempre apático, si no supo contener los tumultos y rebeliones que se sucedieron unos después de otros, si no castigó con mano de hierro a los revoltosos magnates—siguiendo en esto la misma conducta del insigne y nunca bastante alabado Alfonso X, el Sabio—debe ser justamente censurado; pero no se olvide que durante su menor edad, el almirante Alonso Enríquez destrozó la escuadra de Marruecos, y D. Fernando de Antequera tomó a Zahara, venció en la batalla de las Yeguas y conquistó a Antequera. No se olvide tampoco que tiempo adelante el privado D. Alvaro de Luna llegó cerca de Granada y ganó la importante batalla de la Higueruela o de Sierra Elvira, que el primer marqués de Santillana se apoderó de Huelma en las fronteras de Jaén, y que Alfonso Fajardo, gobernador de Lorca, obtuvo señalado triunfo peleando con las tropas de Osmin, Rey de Granada.
Por lo que respecta a Enrique IV, los historiadores le han juzgado con una parcialidad como no hay ejemplo, llegando a decir que lo único bueno que hizo fué morirse. Reconocen algunos que se distinguía por su carácter benigno y por una bondad, que podía llamarse familiaridad, con los inferiores. Su generosidad no tuvo límites, hasta el punto que le mereció el renombre de el Liberal. «La vida de un hombre no tiene precio—decía—y no se debe en manera alguna consentir que la aventure en las batallas.» Lafuente, que sigue al pie de la letra los relatos y juicios de Prescott, añade que cuando el emir de Granada tuvo noticia de la máxima monacal del Rey cristiano, hubo de decir: «que en el principio lo hubiera dado todo, inclusos sus hijos, por conservar la paz en su reino, pero que después no daría nada.» Dijera o no dijera tales palabras el granadino—cosa que no tiene importancia alguna—opinamos que no merecen censura las dictadas por el generoso y noble espíritu de Enrique IV. No negaremos que era débil de carácter y que grandes y prelados vilipendiaron el trono. También repetiremos una vez más que era pródigo en mercedes, generoso y en la clemencia—como escribe Mariana—fué demasiado. De su amor a las bellas artes son prueba las fábricas que hizo levantar en Madrid y Segovia. Nosotros recordaremos que corriendo los años 1455, 1456 y 1457, realizó tres expediciones a Andalucía, logrando que el granadino se le ofreciese por vasallo y se comprometiera a enviarle anualmente diez mil doblas y seiscientos cristianos cautivos. Pasado algún tiempo y rotas las paces entre cristianos y moros, Enrique IV tomó posesión de Gibraltar ganado por los suyos y entró a saco por tierras granadinas; pero le salió al encuentro el Sultán y se reanudaron las paces. Sin embargo de la enemiga de los orgullosos magnates, de la insurrección de su hermano Alfonso y de los disgustos que le dió su hermana Isabel, «contribuyó más de lo que se cree—como escribe Fernández y González—a debilitar el reino de Granada, dejando una rica herencia para lo porvenir a sus inmediatos sucesores»[294]. ¿Por qué le censuraron con tanto encono los escritores contemporáneos? No negaremos que la conducta del cuarto Enrique se prestaba a censuras, y de su impureza de costumbres dió hartas pruebas. No le perdonaron aquellos autores la afición que tuvo a las inclinaciones de los muslimes, y aun pudiéramos decir a las creencias musulmanas. Nada nuevo añadiremos al notar que si Enrique IV tenía aficiones a los musulmanes, no era él sólo, sino toda aquella sociedad. La civilización árabe venía desde tiempos anteriores infiltrándose poco a poco en la vida y costumbres de los cristianos. Jóvenes españoles estudiaban la lengua árabe, asistían a las escuelas de los moros, no dejaban de la mano los libros publicados o traducidos por los hijos del Profeta. A las fiestas y torneos que se celebraban en el reino de Granada acudían caballeros cristianos, los cuales correspondían galantemente con otras invitaciones. Cristianos amaban a moras y moros a cristianas. Poetas cristianos cantaban la belleza de la hija de algún cadí y trovadores musulmanes dedicaban sus versos a la hermosa compañera de algún magnate español. Jóvenes andaluces acompañaban a las castellanas en los paseos, en las corridas de caballos o de toros, y a veces llegaban a esperarlas a la salida de las iglesias; a su vez los cristianos no miraban con malos ojos, cuando de cosas de amor se trataba, el que las jóvenes moras leyesen con mayor o menor fervor el libro del Profeta.
Además—y cumplimos un deber diciendo lo que creemos verdadero—aduladores cronistas, olvidándose de la elevada misión del historiador, quisieron congraciarse con los Reyes Católicos maltratando a Enrique IV.
Debemos detenernos un poco en el reinado de los Reyes Católicos. Cierto es que la unión de las coronas de Aragón y Castilla contribuyó al esplendor y grandeza de la monarquía, cuyo timbre de gloria más grande será haber puesto un freno a las demasías de los nobles, robusteciendo, por tanto, el poder real. En las cortes de Madrigal de 1476, convocadas—según dice muy acertadamente Hernando del Pulgar—para dar orden en aquellos robos e guerras que en el reino se facían, se reglamentó la Santa Hermandad y se reorganizó la administración de justicia, logrando la reina, como escribe el laborioso escritor, «hacer que el labrador y el oficial no estuviesen sojuzgados por el caballero, y que la sentencia de un par de jueces fuese más respetada que un ejército»[295]. Más importantes, no sólo que las cortes de Madrigal, sino que todas las celebradas por D. Fernando y D.ª Isabel, fueron las de Toledo del año 1480, en las cuales afirma con mucha razón Galindez de Carvajal «se hicieron las leyes y las declaratorias, todo tan bien mirado y ordenado que parecía obra divina para remedio y ordenación de las desórdenes pasadas»[296]. Consiguióse en poco tiempo que la justicia imperara en las grandes y pequeñas poblaciones, en las ciudades y en los campos. Mejoraron la administración pública y la hacienda, procurando poner orden y paz en el país.
Por lo que atañe a la inquisición, publicada la Bula (día 1.º de noviembre de 1478), por Sixto IV, concediendo facultad a D. Fernando y D.ª Isabel para elegir tres prelados u otros eclesiásticos doctores o licenciados, de buena vida y costumbres, para que inquiriesen y procediesen contra herejes y apóstatas de sus reinos, los mencionados monarcas, hallándose en Medina del Campo, nombraron (17 de septiembre de 1480) primeros inquisidores a los dominicos Fr. Miguel Morillo y Fray Juan de San Martín, juntamente con otros dos eclesiásticos, como asesor el uno y como fiscal el otro, facultándoles para establecer la inquisición en Sevilla. Comenzó en seguida el nuevo tribunal a ejercer sus funciones, adquiriendo suma importancia cuando el Papa expidió un breve nombrando (2 de agosto de 1483) inquisidor general de la corona de Castilla a Fray Tomás de Torquemada, prior del convento de dominicos de Segovia, cuyo nombramiento hizo extensivo después (17 de octubre de dicho año) a la corona de Aragón.
¿Por qué la reina Católica se fijó en Fray Tomás de Torquemada para el cargo de inquisidor general y no en Talavera, González de Mendoza o Cisneros? Era el primero—como dice Lafuente—, «el representante del fanatismo más furioso e implacable»[297]. Eran los segundos, «tres grandes lumbreras que sobraban por sí solas para derramar copiosa luz por el vasto horizonte de un siglo»[298].
Dígase lo que se quiera en contrario, los Reyes Católicos, con una irreflexión o torpeza como no hay ejemplo—pues nada importa que la opinión general del pueblo español estuviese conforme con ello o que el espíritu del siglo fuese la intolerancia y la persecución—, crearon el tribunal más terrible que registra la historia y nombraron Inquisidor general al hombre más cruel de todos los tiempos.