Entre las expediciones más importantes organizadas por el infante D. Enrique citaremos las siguientes: En 1416 envió a Gonzalo Velho a pasar más allá de las Canarias, y en 1431 descubrió las primeras islas del grupo de las Azores. El año 1434 Gil Eannes, paje del Infante, arriesgó su vida para doblar el cabo Bojador, y su sucesor Alfonso González Baldaya llegó hasta el río de Oro, o sea, hasta el límite septentrional de la zona tórrida. Llegó Nuño Tristán en 1441 al Cabo Blanco, y dos años después a la bahía de Arguim. Destinóse la isla de Arguim como centro de operaciones y relaciones mercantiles, fundándose allí la primera colonia portuguesa permanente en Africa, que adquirió pronto importancia, hasta el punto que a los pocos años, una Sociedad mercantil de Lagos (puerto de la villa del Infante) pudo enviar una flotilla de seis buques. Los portugueses llevaban tejidos (pañuelos de color y mantas de lana), sillas de montar y estribos, trigo, miel, especias, plata, coral rojo y barreños, que cambiaban por esclavos negros de Guinea, oro de Tombuctu, camellos, vacas, cabras, pieles de búfalo y de martas zibelinas, huevos de avestruz y goma arábiga. En el año 1445 el intrépido marino Dionís Díaz (ascendiente de Bartolomé Díaz, que veintiséis años después de la muerte del Infante dobló el Cabo de Buena Esperanza) pasó por delante de la embocadura del Senegal que separa la raza negra de la blanca, llegando hasta el Cabo Verde. Consistía la importancia de la expedición en que se había llegado a la verdadera tierra de los negros y en que las teorías de Aristóteles y de Ptolomeo acerca de la inhabitabilidad de la zona tórrida eran falsas. «Esta teoría antigua, que había prevalecido tantos siglos, se estrelló contra el Cabo Verde, cabiendo este honor al infante D. Enrique, cuyo lema Talent de bien faire celebró allí su mayor victoria, porque desde entonces se abrió para la ciencia geográfica un horizonte enteramente nuevo, y el mundo europeo aprendió a fiarse más de las observaciones directas que de la autoridad de los filósofos griegos»[321]. Vino a completar este descubrimiento el veneciano Luis de Mosto, a cuya disposición puso D. Enrique, pocos años más adelante, una carabela de 90 toneladas a las órdenes de Vicente Díaz, los cuales llegaron hasta el río Gambia. Relación minuciosa del viaje publicó Mosto y de ella copiamos la siguiente descripción del Cabo Verde: «El Cabo Verde—dice—trae su nombre de los árboles verdes que allí crecen y que conservan su color casi todo el año. Lo descubrieron los portugueses un año antes de mi llegada, y le dieron este nombre por la razón indicada, conforme llamaron el Cabo Blanco así por el color de la arena que lo forma; pero el Cabo Verde es elevado y halaga la vista. Está entre dos montañas y penetra en el mar con muchas chozas y viviendas de negros. Hay que notar que al otro lado del Cabo Verde forma la costa una bahía con playas llanas y cubiertas como toda la costa de multitud de bellísimos y grandísimos árboles verdes, porque allí no caen las hojas viejas hasta que salen las nuevas. Desde lejos parecen estar a orillas del agua, aunque en realidad están distantes un tiro de ballesta. Es una costa bellísima. He viajado hacia Levante y Poniente y he visto muchos países, mas ninguno más hermoso que éste, bañado por muchos ríos grandes y pequeños»[322]. La descripción debió interesar vivamente a D. Enrique, puesto que organizó desde Arguim un sistema completo de exploración. Juan Fernández penetró en el desierto de Sahara, permaneciendo siete meses entre las tribus salvajes del interior, al cabo de cuyo tiempo volvió a Sagres a dar cuenta al Infante, su señor, de lo que había visto en aquellas tierras. En el año siguiente de la expedición de Díaz, Nuño Tristán llegó hasta el río Gambia y Alvaro Fernández casi hasta Sierra Leona. Las tribus próximas al Gambia eran más numerosas y valientes que las del Sahara, las cuales se opusieron al desembarque, logrando con sus flechas envenenadas matar a la mayor parte de los portugueses sin exceptuar al jefe. Por último, Diego Gómez, en el año 1457, con otros intrépidos navegantes subió río Gambia arriba hasta la ciudad de Cantos. Esta fué la última expedición importante que ordenó D. Enrique.

Murió navegante tan ilustre en Sagres (13 noviembre 1460), cuando ya contaba sesenta y seis años. En sus geográficas empresas había gastado más de sus recursos, pues en 1449 era en deber a su pariente Fernando de Braganza la suma enorme de 19.394 coronas de oro[323]. Todo este dinero lo había empleado en hacer de Portugal una gran potencia marítima.

Aunque a la muerte del Infante disminuyó el entusiasmo por los descubrimientos, sin embargo, en la corte de Portugal se hallaban los pilotos más inteligentes y los constructores de barcos más hábiles; se vendían las mejores obras de astronomía, los planisferios, los mapa mundis y las cartas marítimas más exactas. Lisboa, pues, continuó siendo el centro de los estudios geográficos. Por entonces descubrió Diego Gómez, en compañía del genovés Antonio de Noli, las islas de Cabo Verde.

Antes de proseguir el estudio de los descubrimientos marítimos, recordaremos los conocimientos geográficos generales de aquel tiempo. En la Margarita philosophica del prior cartujo alemán Gregorio Reisch, publicada en el año 1496 y reimpresa muchas veces durante el siglo xvi, se lee lo siguiente: «El agua cubrió al principio toda la superficie de la tierra como una niebla fina que se elevaba hasta las altas regiones. A la orden del Creador, el firmamento separó las aguas superiores de las inferiores, reuniéndose éstas últimas en un sólo punto más profundo y dejando descubierta la tierra firme para los seres vivientes. De toda la substancia de la tierra y del agua se formó un solo cuerpo esférico, al cual atribuyeron los eruditos dos centros, uno de gravedad y otro de volumen. Este último es el que está situado en el punto medio del eje de toda la esfera formada de la tierra y del agua, y de consiguiente, en el centro del mundo. Fuera de este centro está el de gravedad, que es el centro del eje de la tierra sólida, mayor necesariamente que el radio de la esfera formada de la tierra y del agua, porque, a no ser así, caería el centro del mundo fuera de la tierra, suposición que sería la más necia que pudiera imaginarse en física y en astronomía. La admisión de centros distintos es ineludible, porque la parte seca de la superficie terrestre es más ligera que la cubierta de agua. La tierra seca es más ligera que la empapada del agua, y por esta razón no puede ser el centro de gravedad idéntico al de volumen, sino que el primero se halla más hacia la periferia del lado del agua que el segundo, y hacia aquella parte se reunirán también las aguas de la tierra, porque así se aproximan más al centro del mundo.»

El primero que intentó la representación del lado del agua de la esfera terrestre fué Toscanelli de Florencia, allá por el año 1474. Ya por entonces se había introducido nuevo e importante factor que trajo radical reforma en las teorías dominantes en aquella época. Este nuevo e importante factor era el libro de Claudio Ptolomeo (geógrafo y astrónomo egipcio que floreció en Alejandría por los años de 125 a 135 antes de Cristo), intitulado Almagesto, obra de la cual trató el cardenal Pedro de Ailly en su citado tratado De imagine Mundi[324]. Entre los astrónomos más sabios de aquella época sobresale Regiomontano (1436-1476). Para facilitar las observaciones astronómicas a la orientación y determinación de las situaciones geográficas, calculó Regiomontano en 1473 las efemérides (tablas que indican día por día la posición de los planetas en el Zodiaco) para un período de treinta y dos años. También el sabio astrónomo inventó un instrumento (llamado balestilla por los portugueses y ballestilla, flecha o báculo de Jacob por los españoles), para medir la altura del polo de un astro. El último instrumento lo introdujo en Portugal Martín Behaim, discípulo del inventor. Durante el reinado de Alfonso V el Africano (1438-1481)[325], tío del infante D. Enrique, continuaron las expediciones marítimas. Juan II (1481-1495) parecía heredero del espíritu de Enrique el Navegante. En su tiempo Diego Cao se hizo a la vela (1484) con dos buques de su propiedad, llevando en calidad de cosmógrafo a Martín Behaim. Pasaron el Cabo de Santa Catalina y descubrieron el Congo, el río más caudaloso de Africa. Se atrajo Cao a algunos habitantes con la idea de que aprendiesen el portugués y servirse luego de ellos en sus relaciones con el rey del Congo. Cao continuó todavía hacia el Sur unas 200 leguas, llegando al Norte del Cabo Negro (1485). Behaim, a la vuelta del viaje, fué nombrado por el Rey caballero de la Orden de Cristo. Cosmógrafo tan insigne, después de su larga residencia en Portugal, y después de haber desempeñado importantes comisiones científicas, se retiró a su patria, a Nuremberg (1492), en cuyo año construyó—antes de que Colón regresara de su primer viaje—el globo terrestre, que ha inmortalizado su nombre. Debemos advertir que dicho globo, guardado, como precioso depósito, en Nuremberg, es—como Mr. Davezac sostuvo en el Congreso Geográfico de Amberes de 1871, y cuya proposición aprobó la sabia Corporación—una reproducción, en la parte que al Extremo Oriente se refiere, de la carta de navegar de Toscanelli. En el globo de Martín de Behaim se ven indicadas ya las longitudes y las latitudes, siendo de notar los grandes errores cometidos en las últimas. En cambio, las inscripciones que hay en él son muy interesantes. Léese lo siguiente en uno de sus ángulos: «Sépase como esta figura del globo representa toda la extensión de la tierra, tanto en longitud como en latitud, medida geométricamente, parte, según lo que Ptolomeo dice en su libro titulado Cosmografía; el resto, según el caballero Marco Polo, que desde Venecia viajó por el Oriente el año de 1250, y también según lo que el respetable, docto y caballero Juan de Mandeville dijo, en 1322, de los países orientales desconocidos de Ptolomeo, con todas las islas pertenecientes a aquel continente, de donde nos vienen las especias y las piedras preciosas. Mas el ilustre D. Juan, rey de Portugal, ha hecho visitar por sus naves, en 1485, todo el resto de la parte del globo, hacia el Mediodía, que Ptolomeo no conoció, en el cual descubrimiento he tomado yo parte...»

En el golfo de Benin, junto a las islas Príncipe, Santo Tomás y San Martín, se halla el siguiente letrero: «Estas islas fueron descubiertas por las naves que el rey de Portugal envió a estos puertos del país de los moros el año de 1484...» La inscripción puesta encima del cabo de Nueva Esperanza contiene la relación del viaje que hizo Martín Behaim con Diego Cao. Dice así: «El año 1484 del nacimiento del Señor, el ilustre D. Juan, rey de Portugal, hizo equipar dos naves, llamadas carabelas, provistas de hombres con armas y víveres para tres años, ordenando a la tripulación navegar al otro lado de las columnas de Hércules, en Africa, siempre hacia el Mediodía y los lugares donde el sol sale, tan lejos como les fuese posible... Así equipados, salimos del puerto de la ciudad de Lisboa con rumbo a la isla de la Madera, donde crece el azúcar de Portugal... Llegamos al país llamado reino de Gambia, donde crece la malagueta (especie de pimienta), y el cual dista de Portugal 800 leguas alemanas; después, pasamos al país del rey de Furfur, que está a 1.200 leguas o millas y donde crece la pimienta que se llama de Portugal. Más lejos aún, hay un país donde hallamos la corteza de la canela; pero encontrándonos de Portugal a 2.800 leguas, volvimos sobre nuestros pasos y a los diez y nueve meses estuvimos de vuelta ante nuestro Rey».

En el año de 1486 Bartolomé Díaz con tres embarcaciones, una mandada por él, otra por Juan Infante, y la tercera destinada a provisiones por su hermano Pedro, se hizo a la vela, con el ánimo de continuar las exploraciones de las costas africanas, desde el punto que Diego Cao dejó las que hubo de realizar en compañía del cosmógrafo Martín Behaim. Se propuso obscurecer las glorias de sus parientes Juan Díaz y Dionís Díaz. Bartolomé hizo que mujeres negras que conducía a bordo desembarcasen en varios puntos de la costa del Congo y más allá hacia el extremo Sur de Africa, las cuales debían dar a los indígenas noticias del poderío de los portugueses, no sin manifestarles también que iban en busca del país del Preste Juan. Creyeron que las nuevas de la expedición llegarían de boca en boca y de país en país a oídos del fabuloso personaje, quien, al saberlas, tal vez enviase mensajeros para recibir a los portugueses con el objeto de entrar con ellos en relaciones.

Bartolomé Díaz levantó el primer padrón de piedra cerca de la Sierra Parda, al Norte de la bahía de la Ballena (Angra das Voltas), no lejos de la desembocadura del río Orange. Desde el Golfo de Santa Elena emprendió de nuevo su rumbo, llegando, después de grandes trabajos, a una ensenada llamada de los Vaqueros (Angra dos Vaqueiros)[326], donde los hotentotes que allí guardaban sus rebaños, al ver los barcos, huyeron espantados hacia el interior. Dirigiéndose más al Este llegó a la bahía de San Bras[327], donde hizo provisión de agua dulce, lo cual dió motivo a un choque con los indígenas, pasando, por último, a la pequeña isla de Santa Cruz (Golfo de Algoa), y plantando en ella el último padrón. Pidieron los tripulantes al jefe no seguir adelante y emprender el viaje de regreso; pero Díaz les suplicó que le dejasen continuar avanzando dos o tres días más hasta ver la costa hacia el Norte, porque él creía firmemente haber doblado el extremo Sur del Africa, y en este caso, con poco trabajo, se lograría llegar a la India, que eran todos sus deseos. Continuaron navegando dos días más, hasta llegar a un gran río que Díaz denominó do Infante, porque un compañero, el Capitán de este apellido, fué el primero que saltó a tierra. Aunque a disgusto suyo, Díaz hubo de dar la vuelta, teniendo entonces la dicha de contemplar el imponente promontorio que forma la punta austral del Africa. Terrible tempestad que puso en gran peligro las embarcaciones, estuvo a punto de cambiar en día de luto los anteriores momentos de alegría. En recuerdo de la furiosa tormenta, Díaz dió al citado promontorio el nombre de Cabo de las Tormentas, y que Juan II, influído por otros sentimientos, le sustituyó por el que hoy lleva. «Ese Cabo nos abre el camino del Asia, dijo, se llamará Cabo de Buena Esperanza.» Bartolomé Díaz, después de una ausencia de diez y seis meses y diez y siete días, y de haber explorado 350 leguas de costa, llegó a Lisboa en diciembre de 1487.

Consideremos los últimos viajes realizados durante el reinado de Juan II. Antes del regreso de Bartolomé Díaz, el Rey había mandado a Pedro de Covilham y a Alfonso de Paiva para explorar el reino de Abisinia y las condiciones de comercio y de comunicación en el Océano Indico. Antes intentaron lo mismo, por orden de Juan II, el Padre Antonio de Lisboa y Pedro de Montorryo; mas la expedición no dió resultado alguno. En cambio, no careció de interés la de Covilham y Paiva, quienes se pusieron en camino el 7 de mayo de 1487. Penetraron en Egipto, después de pasar por Rodas, llegando a Alejandría y al Cairo; embarcándose en el Mar Rojo fueron hasta Aden, donde se separaron, designando como punto de reunión otra vez el Cairo. Covilham, que se embarcó para la costa del Malabar, visitó a Cananor, Calcuta y Goa, regresando a la costa oriental del Africa, la cual siguió hasta el extremo meridional del rico país de Sofala, donde adquirió noticias sobre la isla de Madagascar.

Cuando Covilham regresó al Cairo, se encontró con la noticia de que Paiva había muerto; halló sí dos nuevos emisarios del rey Juan, que eran los rabinos Abraham de Beja y José de Lamego. En tanto que el judío José marchó a Lisboa con las noticias que adquirió Covilham, éste último, acompañado del hebreo Abraham, visitó la ciudad de Ormuz, tomando en seguida diferente rumbo, pues Abraham de Beja, con una caravana se dirigió por Bagdad y Haleb a Siria, mientras él marchó a Abisinia y se estableció en su capital Choa, con gran complacencia del monarca del país. Covilham se casó en Abisinia, y allí murió pasados algunos años.