Si en el primer viaje nadie quería embarcarse, en el segundo «allí estaba—escribe Washington Irving—el hidalgo de elevados sentimientos que iba en pos de aventuradas empresas; el altivo navegante que deseaba coger laureles en aquellos mares desconocidos; el vago aventurero que todo se lo promete de un cambio de lugar y de distancia; el especulador ladino, ansioso de aprovecharse de la ignorancia de las tribus salvajes; el pálido misionero de los claustros consagrado al servicio de la iglesia, y devotamente celoso por la propagación de la fe; todos animados y llenos de vivas esperanzas...»[460]. La clase noble estaba representada por Alonso de Ojeda, Juan Ponce de León, que descubrió tiempo adelante la Florida, Diego Velázquez y Juan de Esquivel, después gobernadores, respectivamente, de Cuba y de Jamaica, y otros, atraídos por el deseo de grandes riquezas y de novelescas aventuras.
En una carta de los Reyes Católicos a Cristóbal Colón, escrita desde Barcelona, cuando se andaba en los preparativos de la citada expedición, se lee lo que de ella copiamos: «Nos parece que sería bien llevásedes con vos un buen astrólogo, y nos parecía que sería bueno para esto Fray Antonio de Marchena, porque es buen astrólogo y siempre nos pareció que se conformaba con vuestro parecer.» Además de Fray Antonio de Marchena, llevó Colón un Vicario apostólico, el benedictino Bernardo Boil o Buil, personalidad de bastante relieve en los últimos años del siglo xv[461].
En las instrucciones de los Reyes Católicos a Colón, dadas el 29 de mayo de 1493, se le dice que había de llevar al Padre Buil con otros religiosos para catequizar a los indios, tratándolos muy bien y amorosamente, sin que les fagan enojo alguno[462]. Los religiosos siguieron al pie de la letra los consejos de D.ª Isabel y D. Fernando, y sin descanso alguno predicaron la ley de Dios, donde todo es amor y caridad.
A ruego de los Reyes Católicos, Alejandro VI, por Bula de 7 de julio de 1493, concedió omnímoda potestad eclesiástica a Fr. Bernardo Buil y a sus delegados para bautizar, confirmar y administrar toda clase de sacramentos, consagrar iglesias, absolver de pecados reservados a la Santa Sede, etc.[463].
El 2 de octubre llegó la flota a la Gran Canaria, donde hubo de recalar; también el 5 en la Gomera porque uno de los barcos hacía agua. Después de comprar algunos animales para que se aclimatasen en las nuevas tierras, continuó su marcha y el 13, favorecida la escuadra por buena ventolina del Este, perdió de vista la isla de Hierro. El 26 de dicho mes sobrevino brusca tempestad, cuya violencia duró cuatro horas, llegando al otro lado del Atlántico, habiendo seguido un derrotero más meridional que la expedición primera.
El 3 de noviembre, cerca del alba—según escribe el Dr. Chanca—dijo un piloto de la nave capitana: albricias que tenemos tierra. La gente, fatigada de tanto navegar, recibió la noticia con suma alegría. Los tripulantes, habiendo desembarcado y recorrido más de una legua de costa, notaron que toda la isla era montañosa y cubierta de verdes praderas: el Almirante la llamó Dominica, por ser domingo aquel día. Pasaron luego a otra, distante cuatro o cinco leguas, la cual era tierra llana, y les pareció que estaba despoblada, denominándola Marigalante, del nombre de la nao de Colón. Navegaron siete u ocho leguas y encontraron una tercera isla que nombraron Guadalupe, en cumplimiento de una promesa hecha a los religiosos del célebre convento de dicho título en Extremadura. Vista la isla desde el mar ofrecía grandioso espectáculo, contribuyendo a ello magnífica cascada que se precipitaba desde elevada sierra a la llanura. Desembarcaron los españoles en un sitio donde había chozas abandonadas, en las que se encontraron comestibles, algodón en rama y alguno elaborado, indicando los huesos humanos que vieron en las citadas cabañas que los habitantes eran antropófagos o caribes. En las relaciones con estos salvajes sirvieron a Colón como intérpretes dos de los siete indios que se había llevado en su primer viaje, pues los cinco restantes habían muerto.
Costeando al Nor-Oeste de la isla Guadalupe fué poniendo nombre a las islas del hermoso archipiélago según se le presentaban, como Monserrate, Santa María la Redonda, Santa María la Antigua, San Martín, Santa Cruz y otras. Sostuvieron los españoles un combate con una canoa de feroces indios, llamándoles la atención que las mujeres peleaban lo mismo que los hombres. Mandó Colón algunos de los suyos en una carabela hacia unas islas que de lejos se veían, y como aquéllos a su vuelta le dijesen que eran más de 50, Colón, a la mayor del grupo, le puso Santa Ursula, y a las otras Las once mil vírgenes. Continuó su rumbo hasta llegar a una isla grande, de rica vegetación y con buenos pastos, a la que los naturales llamaban Burenquen, él denominó San Juan Bautista y hoy se la conoce con el nombre de Puerto Rico. Detúvose en un puerto de dicha isla dos días[464], dándose a la vela la escuadra, hasta que el 22 de noviembre arribó a otra isla, que reconoció ser el extremo Oriental de Haití o la Española. Continuó su rumbo y al pasar por la provincia llamada Xamaná dos indios se metieron en una canoa pequeña y llegaron a la nao del Almirante, a quien dijeron que los mandaba su Rey para rogarle que bajase a tierra y le darían oro y comida; negóse Colón, y continuó su camino hasta llegar al puerto de Monte Cristi, donde estuvo dos días. Bajaron a tierra algunos españoles y vieron un gran río (el de Santiago), en cuyas márgenes encontraron dos hombres muertos y al día siguiente otros dos, pudiéndose notar que uno de ellos tenía muchas barbas. Aunque el puerto de Monte Cristi se halla distante del de Natividad unas siete leguas, comenzaron a presentir malas nuevas de la colonia que en su primer viaje dejara el Almirante. Al anochecer del día 27 llegó Colón al fuerte de Natividad y mandó tirar dos tiros de lombarda. No tuvieron contestación, porque los 43 españoles habían muerto a manos de los caciques Caonabó y Mayrení, seguramente—como se probó después—con gran contento del famoso Guacanagari[465]. Varios indios y entre ellos un primo de Guacanagari se presentaron al Almirante.
Dijeron los indígenas a Colón que el cacique Guacanagari no podía ir en persona porque tenía pasado un muslo, herida que recibió luchando con los caciques Caonabó y Mayrení por defender a los españoles. A reconocer el sitio del fuerte fué el Almirante con algunos de los suyos, encontrado aquél quemado y algunos cadáveres de cristianos, cubiertos ya de la hierba que había crecido sobre ellos. Aunque los indios decían que Caonabó y Mayrení habían sido los autores de las muertes, «con todo eso asomaban queja que los cristianos uno tenía tres mujeres, otro cuatro, donde creemos que el mal que les vino fué de celos»[466]. Varios españoles saltaron a tierra, encaminándose a ver a Guacanagari, «el cual fallaron en su casa echado faciendo del doliente ferido»[467]. Como le preguntasen por los cristianos, repitió que Caonabó y Mayrení los habían muerto, y que él por defenderlos sufrió una herida en un muslo. Mostró deseo de ver al Almirante. En efecto, Colón se dirigió a la casa de Guacanagari, a quien encontró tendido en una hamaca y mostrando mucho sentimiento con lágrimas en los ojos por la muerte de los cristianos. Dijo que unos murieron de dolencia, otros que habían ido a tierras de Caonabó en busca de una mina de oro y allí fueron muertos, y algunos sufrieron la muerte en su misma fortaleza. Queriendo atraerse la voluntad del insigne genovés, Guacanagari le hizo algunos regalos de oro y pedrería. «Estábamos presentes yo—escribe el Dr. Chanca—y un zurugiano de armada; entonces dijo el Almirante al dicho Guacamari[468] que nosotros éramos sabios de las enfermedades de los hombres que nos quisiese mostrar la herida: él respondió que le placía, para lo cual yo dije que sería necesario, si pudiese, que saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba escura e no se podía ver bien; lo cual él fizo luego, creo más de empacho que de gana: arrimándose a él salió fuera. Después de asentado llegó el zurugiano a él e comenzó de desligarle; entonces dijo al Almirante que era ferida fecha con ciba[469], que quiere decir con piedra. Después que fué desatada, llegamos a tentarle. Es cierto que no tenía más mal en aquella que en la otra, aunque él hacía del raposo que le dolía mucho.» Todos se convencieron que Guacanagari era cómplice. Aunque otros indicios vinieron a confirmar lo mismo, se procuró disimular para no romper tan pronto con los naturales de la isla. Muchos españoles hubieran deseado fuerte e inmediato castigo, negándose a ello el Almirante, quien no quiso malquistarse con un aliado todavía poderoso en el país y del que había recibido en el primer viaje señaladas pruebas de amistad[470]. También creemos—y la imparcialidad nos obliga a decirlo—que los españoles del fuerte de Natividad, menospreciando la autoridad de Diego de Arana, únicamente pensaron en satisfacer su avaricia y sensualidad.
Oviedo emite, con respecto a los marinos, una opinión, tal vez algo exagerada é injusta. Dice así: «Pero en realidad de verdad, sin perjuicio de algunos marineros que son hombres de bien, atentos y virtuosos, soy de opinión de que en la mayoría de los que ejercen el arte de marinos, hay una gran falta de juicio para las cosas de tierra; porque además de que la mayor parte de ellos son de baja condición y mal instruídos, son también ambiciosos y dados a otros vicios, como a la golosina, lujuria, robo, etc., que no se podría tolerar»[471]. Lo cierto es que no siguieron los consejos de Colón, y que abusaron de los indios, atrayéndose por ello la cólera de Caonabó, Mayrení y del mismo Guacanagari.
Siguió después el Almirante explorando toda la costa, no sin luchar con vientos contrarios y grandes borrascas, hasta que llegó, al cabo de tres meses, a un sitio, a 10 leguas al Este de Monte Cristi, donde determinó fundar en aquella isla una ciudad que fuese como capital de la colonia. Levantáronse casas de piedra, madera y otros materiales, se erigió un templo y se hicieron almacenes, quedando, al fin, edificada la primera población cristiana del Nuevo Mundo. El Almirante le dió el nombre de Isabela, en honra de la Reina Católica.