El comisario regio Juan de Aguado llegó al Nuevo Mundo. Comenzó intimando a los jefes de servicio para que se le presentasen y le dieran cuentas, reprendió a otros y dispuso encarcelar a muchos. Trató con altanería a Bartolomé Colón y apenas hizo caso del Almirante. Luego «se propasó a palabras descomedidas hasta amenazarle con el castigo de la corte»[477]. Por el contrario, Colón se mostró cada vez más respetuoso con el comisario regio. Cuando Aguado entregó su credencial, recibióla el Almirante, hizo repetir su lectura y dijo que estaba dispuesto a cumplir lo que se le mandase de parte de sus soberanos. Intentó Aguado provocar la ira del descubridor del Nuevo Mundo; mas Colón «sufrió su insolencia (de Aguado) con grande modestia»[478]. El comisario regio estaba decidido a perder no sólo a Colón, sino a todos los partidarios del Almirante. Comprendiéndolo así, y no queriendo someterse a un proceso, salió Colón de Haití con dos buques, 225 españoles y 32 indios el día 10 de marzo de 1496. Entre los últimos se hallaba Caonabó, que murió en el camino, un hermano, un hijo y un sobrino del mismo cacique[479]. El viaje fué muy penoso, llegando a Cádiz el 11 de junio. También había salido de la Española Aguado y se había encaminado a España llevando el proceso para perder a Colón. Malos vientos corrían en la Corte contra el genovés. Además de las informaciones de Aguado, la Reina había escuchado varias veces las quejas del Padre Boil, de Pedro Margarit y de otros servidores de la Real Casa, en quienes tenía ella gran confianza. Sin embargo, las graves acusaciones formuladas por aquéllos fueron olvidadas cuando Colón se presentó en Burgos a Don Fernando y a Doña Isabel. Expuso con exactitud la situación de la colonia y dijo que había dejado de gobernador de la Isla Española, con el título de Adelantado, a su hermano Bartolomé. Diéronle a entender los reyes que hubiera convenido proceder con menos severidad[480]. Lo mismo Isabel que Fernando se mostraron contentos y satisfechos al recibir los presentes que trajo el Almirante y que consistían en oro, papagayos y otras cosas. Le ofrecieron una vez más su apoyo y protección. Colmáronle públicamente de honores, puesto que le confirmaron los privilegios concedidos en la capitulación de la vega de Granada[481]; le dieron licencia para que, bajo ciertas y determinadas condiciones, hiciese el repartimiento de las tierras de Indias[482]; nombraron a su hermano Bartolomé Adelantado de Indias[483] y a sus hijos Diego y Fernando pajes de la Reina[484]; también le dieron facultad para fundar uno o más mayorazgos[485].
Al mismo tiempo Fernando e Isabel disponían tercera expedición, siendo de advertir que así como antes se disputaban muchos el afán de ir al Nuevo Mundo, ahora apenas se encontraba quien quisiera acompañar a Colón en el tercer viaje proyectado. Tampoco los reyes prestaban la atención necesaria, ya porque estaban en guerra con Francia, a la que deseaban arrebatar el reino de Nápoles, ya también porque estaban ocupados en asuntos de familia, pues trataban de casar a sus hijos, el infante Don Juan y la infanta Doña Juana, con los hijos del emperador Maximiliano, la princesa Margarita de Austria y el archiduque Felipe. Retardóse después la expedición por la muerte imprevista del infante Don Juan, acaecida el 4 de octubre de 1497.
En la ciudad de Burgos contrajo Cristóbal Colón relaciones amistosas con un hombre muy estimado por los reyes y que el gran Cardenal de España le honraba llamándole amigo. Era éste Jaime Ferrer de Blanes[486], a quien comunmente se le designaba con el nombre de Mosén. Tenía en Burgos un comercio de joyería y sucursales en otros puntos. Sus relaciones con hombres ilustres de otros países, su manera fina de tratar las personas y los negocios, su honradez y su modestia le granjeaban simpatías en todas partes. Podía recomendársele también como políglota, matemático, astrónomo, cosmógrafo, metalurgista, erudito, filósofo y poeta. Era grande la cultura que había adquirido en sus contínuos viajes, y le servía de lustre su parentesco con su homónimo Jaime Ferrer, el antiguo cosmógrafo. Sus negocios mercantiles le llevaron a Génova y Venecia (Italia), a El Cairo (Egipto), a Palestina, Damasco y Alepo (Siria) y a otras poblaciones asiáticas.
El simpático lapidario, además de buscar las esmeraldas, topacios, zafiros y otras piedras preciosas del Oriente, estudiaba las obras del autor de la Divina Comedia, y publicaba el libro intitulado Sentencias católicas del divino poeta Dante. Habiendo frecuentado el trato con los indios, persas, musulmanes, cismáticos, griegos, etc., conocía sus doctrinas religiosas, las cuales consideraba muy inferiores a las católicas.
Como sabía cuán atrasadas estaban las ciencias geográficas y náuticas, llamaba al descubrimiento de Colón «más bien divina que humana peregrinación.»
No estando terminada la cuestión, al cabo de más de un año, y a pesar del Tratado de Tordesillas, entre Portugal y España, Jaime Ferrer, que estaba al corriente de todo—pues así se lo había ordenado el gran Cardenal de España—escribió a la Reina (27 enero 1495) dándole su opinión acerca de los medios geográficos que había para allanar la disputa. Isabel contestó al lapidario (28 de febrero del citado año) dándole gracias por su carta y le invitaba a que fuera a la corte en el mes de mayo siguiente[487]. En la carta que el lapidario burgalés escribió a la Reina, le decía que la Divina Providencia había escogido a Colón como su mandatario para esta empresa (Descubrimiento del Nuevo Mundo). Cuando Ferrer se presentó en la corte fué objeto de muchas consideraciones y agasajos. A su vuelta a Burgos escribió (5 agosto 1495) respetuosa carta al descubridor de las Indias. En ella le decía, entre otras cosas, lo que sigue: «La divina e infalible Providencia mandó al gran Tomás, de Occidente a Oriente, para manifestar en India nuestra sancta y católica ley; y a vos, Señor, mandó por opuesta parte, de Oriente a Poniente, a fin de que por la Divina Voluntad llegárais hasta el Oriente, etc.»[488]. Y más adelante añade: «Después de esas proezas gloriosas, cuando repase en su imaginación los resultados de vuestro glorioso ministerio, debe arrodillarse como el profeta y cantar en alta voz, al son de su arpa: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam»[489].
CAPÍTULO XXII
Tercer viaje de Colón.—Relación de este viaje hecha por el mismo Almirante.—¿Supo Colón que había hallado un Nuevo Continente?—Colón en Haití: anarquía en la colonia: los repartimientos.—Enemiga al Almirante en la Española y en la corte.—El comisario regio Bobadilla en Santo Domingo.—Proceso contra Colón.—Carácter y cualidades del Almirante.—Colón es preso y cargado de cadenas.—Ingratitud general con Colón.—Preséntase a los Reyes en Granada.—Nicolás de Ovando, gobernador de la Española.