Tantas fueron las acusaciones que en España se hicieron contra el Almirante, que los Reyes Católicos nombraron a Francisco de Bobadilla, natural de Medina del Campo, comendador de la Orden de Calatrava, para que fuera a la Española, se informase de todo, y si el Almirante era culpable, le mandase a Castilla, quedándose él en el gobierno. Bobadilla era muy apreciado por Fonseca y gozaba de mucho prestigio en la corte. Bobadilla llegó a Santo Domingo a fines de agosto de 1500, en ocasión que el Almirante y sus hermanos estaban fuera de la capital combatiendo una rebelión de indios. Con poco respeto, y aun sin consideración alguna, el Comendador se fué a vivir al palacio de Cristóbal Colón, sirviéndose de todas las cosas que había como si fueran suyas. El 7 de septiembre, con Fray Juan de Trasierra y el tesorero Juan Velázquez, le mandó una carta de los reyes, que al pie de la letra decía así:
«Don Cristóbal Colón, nuestro Almirante del mar Océano, hemos mandado al Comendador Francisco de Bobadilla, portador de ésta, que os diga algunas cosas de nuestra parte; por lo cual os rogamos le déis fe y crédito y obedezcáis.—Dado en Madrid a 21 de Mayo de 1499.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandato de sus Altezas, Miguel Pérez de Almazán.
Tres capítulos escribe D. Fernando Colón en su obra Historia del Almirante para referir lo sucedido entre su padre y el comendador Bobadilla. Intitúlase del siguiente modo el primero: Cómo por informaciones falsas y fingidas quejas de algunos, enviaron los Reyes Católicos un juez a las Indias para saber lo que pasaba.
En tanto que las referidas turbaciones sucedían, como se ha dicho, muchos de los rebelados, con cartas desde la Española, y otros que se habían vuelto a Castilla, no dejaban de presentar informaciones falsas a los Reyes Católicos y a los del Consejo contra el Almirante y sus hermanos, diciendo que eran muy crueles, incapaces para aquel gobierno, así por ser extranjeros y ultramontanos, como porque en ningún tiempo se habían visto en estado de gobernar gente honrada; afirmando que si sus Altezas no ponían remedio sucedería la última destrucción de aquellos países, los cuales, cuando no fuesen destruídos por su perversa administración, el mismo Almirante se rebelaría y haría liga con algún príncipe que le ayudase, pretendiendo que todo fuese suyo, por haber sido descubierto por su industria y trabajo, y para salir con este intento escondía las riquezas y no permitía que los indios sirviesen a los cristianos, ni se convirtiesen a la fe, porque acariciándoles esperaba tenerles de su parte para hacer todo cuanto fuese contra el servicio de sus Altezas. Procedían éstos y otros semejantes en estas calumnias con tan grande importunación a los Reyes, diciendo mal del Almirante y lamentándose de que había muchos años que no pagaba sueldos, que daban que decir a todos los que entonces estaban en la corte. Era de tal manera, que estando yo en Granada cuando murió el serenísimo príncipe D. Miguel, más de 50 de ellos, como hombres sin vergüenza, compraron una gran cantidad de uvas y se metieron en el patio de la Alhambra, dando grandes gritos, diciendo que sus Altezas y el Almirante les hacían pasar la vida de aquella forma por la mala paga, y otras muchas deshonestidades e indecencias que repetían. Tanta era su desvergüenza, que cuando el Rey Católico salía, le rodeaban todos y le cogían en medio, diciendo: Paga, paga, y si acaso yo y mi hermano, que éramos pajes de la serenísima Reina, pasábamos por donde estaban, levantaban el grito hasta los cielos, diciendo: Mirad a los hijos del Almirante de los mosquitillos, de aquél que ha hallado tierra de vanidad y engaño, para sepultura y miseria de los hidalgos castellanos, añadiendo otras muchas injurias, por lo cual excusábamos pasar por delante de ellos.»
Así se intitula el segundo capítulo, escrito por Fernando Colón acerca de las relaciones entre su padre y Bobadilla: Cómo el Almirante fué preso y enviado a Castilla con grillos, juntamente con sus hermanos.
Inmediatamente que Colón recibió la citada carta del 21 de mayo de 1499, vínose con ellos a Santo Domingo, donde Bobadilla (1.º de octubre de 1500) le hizo poner preso en un navío con su hermano Don Diego, poniéndoles grillos y vigilados por buena guardia. Decidióse Bobadilla a formar proceso a Colón y a sus hermanos. Entre otras cosas, acusaron al Almirante de haber dado malos y crueles tratamientos a infelices trabajadores: a unos no les pagaba, condenándoles a morir de hambre, y a otros, por causas pequeñas, les hacía ahorcar. Quería—según dijeron—más bien esclavos que cristianos, y llegó a pensar alzarse con las Indias con el favor de algún otro rey cristiano, añadiendo, por último, que había ordenado reunir muchos indios armados para resistir al Comendador y hacerle tornar a Castilla. Si hubo—como creemos firmemente—exageración manifiesta en las citadas declaraciones, no debemos pasar por alto las siguientes palabras del P. Las Casas, quien vió el proceso y conoció a muchos testigos de los que en él declararon. «Yo no dudo—dice—sino que el Almirante y sus hermanos no usaron de la modestia y discreción, en el gobernar los españoles, que debieran, y que muchos defectos tuvieron y rigores y escaseza en repartir los bastimentos a la gente, según el menester y necesidad de cada uno, por lo cual todos cobraron contra ellos, la gente española, tanta enemistad.» Y el mismo Colón, durante su viaje de Santo Domingo a Cádiz, escribió a Doña Juana de Torres (o de la Torre), ama del príncipe Don Juan, lo que sigue: «porque mi fama es tal, que aunque yo faga iglesias y hospitales, siempre serán dichas espeluncas para ladrones.»
FOTOTIPIA LACOSTE.—MADRID.
Fr. Bartolomé de Las Casas.
Mucho afectó a Colón la orden de prisión, llegando a creer que iban a matarle, pues—según se cuenta—cuando el hidalgo Alonso de Vallejo, pariente de Fonseca, director del departamento de Indias, se le presentó con un piquete de tropa para llevarle a bordo, pensando que se disponían a conducirle al patíbulo, preguntó, con mucha tristeza, al oficial: Vallejo, ¿a dónde me llevais? Al navío va Vuestra Señoría, respondió. No dando Colón crédito a la respuesta, hubo de exclamar: Vallejo, ¿decís la verdad? Por vida de Vuestra Señoría, replicó Vallejo, que es verdad que se va a embarcar. Hubo entonces de tranquilizarse y casi de muerte a vida resucitó[503]. Lo mismo Alonso de Vallejo que Andrés Martín, capitán del buque, trataron con todo respeto y consideración a Colón y a sus hermanos. Cuando el buque que conducía a los Colones se alejó de las playas americanas, Vallejo y Martín quisieron quitarle los grillos a los presos, a lo cual se negó el ilustre navegante, añadiendo que los conservaría siempre como un monumento de la recompensa dada a sus servicios. «Así lo hizo—escribe su hijo Fernando—; yo los vi siempre colgados en su cuarto, y quiso que fuesen enterrados con él.»